Scent of Cinema: 3 perspectivas+2

Uno de mis primeros recuerdos en lo tocante al cine es una escena de Parque Jurásico III, en la que los pterodáctilos volaban por el cielo, mientras sonaba la famosísima música de John Williams: imagínense la emoción que supuso para un chavalín amante de los dinosaurios, que ignoró por completo la porquería de historia, diseñada como desfibrilador para una saga en decadencia. Tal vez el hecho de que mi carrera de cinéfilo se estrenase con semejante bodrio podría parecer poco alentador, pero otros muchos momentos se fueron colando con el tiempo, como la carga de los rohirrim en El Señor de los Anillos: El Retorno del Rey, la violencia al ritmo de Beethoven en La naranja mecánica, o la desagradable presencia de Watto y Jar Jar Binks en La Amenaza Fantasma (no todas iban a ser experiencias agradables).

El caso es que, en gran medida, mi visión del cine está formada por cientos de clips específicos enquistados en la memoria; y pese a que soy partidario de que la experiencia cinematográfica ha de valorarse en conjunto, desde que arranca la narrativa hasta la llegada del colofón final, no puedo evitar el poseer esas perlas, esas escenas que pudieron emocionarme hasta tal punto, que todavía persisten y condicionan en cierta manera mi propia visión del séptimo arte.

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La persistencia de la memoria, Salvador Dalí (1931). Fuente: YouTube

Respetando esa idea, he escogido algunos momentos que por diversas razones me llamaron poderosamente la atención. He procurado alejarme de los grandes proyectos hollywoodenses, pero no son películas especialmente difíciles de encontrar, y ni siquiera son clásicos desconocidos, sino que algunas fueron éxitos de crítica y público. Huelga decir que habrá spoilers y detalles varios, así que recomiendo haber visto esas producciones, para quizá llegar a las mismas conclusiones de este artículo, o incluso aportar nuevos puntos de vista. Pero quien avisa no es traidor.

 

  1. Asesinato en Granada Hills: Nightcrawler (Dan Gilroy, 2014).
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Fuente: IMdB

Imagínense que a Travis de Taxi Driver se le ocurre, en vez de invertir sus noches de insomnio conduciendo por Nueva York y amenazando a su espejo, coger una videocámara e ir a grabar accidentes y crímenes nocturnos por dinero. Este tipo -llamémoslo Louis Bloom– descubre a un pequeño grupo de aves de rapiña que, con sus aparatos al hombro, buscan con ansia captar la mayor cantidad de sangre y carnaza posibles, para luego vender ese metraje a los informativos de sucesos en las primeras horas de la mañana.

Louis, interpretado por un magistral Jake Gyllenhaal, se adapta a este empleo y va subiendo peldaños en su particular camino al “éxito” (toda una perversión al ideal americano de superación personal), a medida que renuncia a su moral y se adentra en el fascinante mundo nocturno de Los Ángeles. La casquería no le resulta repulsiva, al contrario, sabe que le granjeará sus buenos dólares; la violencia no le asquea, sino que la recibe como un aderezo valioso a las ya de por sí morbosas imágenes; y no duda en alterar el escenario de un accidente, o no avisar a la policía tras haber sido testigo de un asesinato, con tal de conseguir lo que quiere.

Pero el momento culmen, el trabajo que le convierte en un profesional, es cuando recibe el aviso de un allanamiento en el suburbio de Granada Hills. Llega antes que la policía, e incluso graba a los delincuentes en plena huida. Cuando entra, le recibe una auténtica masacre: las víctimas de un triple asesinato, con restos de sangre por todas partes. Cuando tiene todo lo que necesita, se va a la televisión para vender sus imágenes, que provocan una discusión entre la directora de la cadena, Nina (Rene Russo) y sus empleados, dejando de lado las cuestiones morales, y buscando triquiñuelas para ampararse legalmente.

La catarsis se produce en la misma emisión del vídeo, toda una delicada operación de manipulación emocional al servicio de lo mediático. Se ve en las indicaciones continuas de Nina a los presentadores, para que recalquen titulares amarillistas, que enfaticen que si el asesinato se cometió en un barrio rico y seguro, que los asesinos siguen libres, todo para expandir el miedo y conseguir audiencia. El crimen pasa a ser un entretenimiento más, un bien de consumo para masas paranoicas por su seguridad en medio de una inexistente oleada de violencia, creada y mantenida por y para el negocio. Y Louis, mientras tanto, sonríe maravillado por lo que ha conseguido.

La escena en el estudio no dura mucho, pero supone el momento más crítico de la película, haciéndonos partícipes de hasta qué punto estamos condicionados por los mass media, y qué mecanismos usa la sociedad del espectáculo para alimentarse. La confusa interacción entre el derecho a la información, el respeto a las víctimas, los índices de audiencia y los ejemplares vendidos sigue siendo objeto de intenso debate.

 

2. Escena del abuelo: La vida futura (William Cameron Menzies, 1936).

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Fuente: IMdB

La ciencia-ficción es algo más que naves, robots y rayos láser: nace del puro deseo por conocer qué nos depara el futuro. Nos interesa porque, como dice Woody Allen, es el lugar donde vamos a pasar el resto de nuestras vidas. Es en porvenir hipotético donde tenemos depositadas las esperanzas contemporáneas en que los problemas de la sociedad se resuelvan o, por el contrario, nuestro temor a que empeoren. No son necesarios grandes presupuestos, o efectos especiales espectaculares, para que la ciencia-ficción eche a andar: vale algo tan básico como el anhelo de un abuelo.

La película recorre noventa y dos años de un distópico futuro para los habitantes de “Everytown” (si decimos que es Londres también vale). Conflictos bélicos, guerras bacteriológicas, desintegración de la sociedad, neofeudalismo y un esperanzador futuro tecnológico; un relato de tintes distópicos, pero al mismo tiempo profundamente humanista. Pero la parte que nos interesa es al principio, cuando la gente de la urbe celebra la Navidad a pesar de las amenazas de inminente guerra (esta película es de 1936, recordemos), y centrándonos en la familia de John Cabal (Raymond Massey). Un anciano, mientras sus nietos abren los regalos, musita: “Quisiera ver las maravillas que ellos verán”. Ve los modernos juguetes, y se pregunta por qué cosas sorprenderán a los niños cuando alcancen su edad.

En esta parte no puedo evitar pensar en mi propio abuelo. Más de una vez le pregunté por los acontecimientos históricos del siglo XX de los que había sido testigo, y por sus sensaciones al respecto. Pese a que destacó sucesos como la caída del Muro de Berlín o la crisis de los misiles cubanos, lo que más le sorprendió fue el avance tecnológico: los teléfonos móviles, los ordenadores, Internet. Muchas de esas cosas le parecían extraordinarias a alguien que se crió en plena posguerra, de la misma manera que al anciano de la película los cachivaches con los que jugaban sus nietos le resultaban tan modernos.

La vida futura es una película que no suele estar de las primeras en las grandes listas, pese a que su guión fue escrito por uno de los padres del género, H. G. Wells. Pero en su humildad, reconociendo que tal vez su mensaje quede anticuado en una sociedad excesivamente cínica, y que la desmesurada fe en el progreso puede dar pie a errores graves, posee un carácter a apreciar, invitándonos a soñar con ella en un futuro más sabio, más cabal.

 

3. El final de La carretera (John Hillcoat, 2009).

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Fuente: IMdB

Este final es una de las trampas más deliciosamente malignas que haya visto en film alguno. Es más famosa la controversia por el final de Origen, por ejemplo, pero no tiene nada que hacer respecto a este momento. En lo personal no me fijé en esto ni en el primer visionado de la película, ni en la primera lectura de la novela. Pero una vez reflexionas, y te das cuenta de la naturaleza de ambas versiones de la obra, te das cuenta con horror de que quizá te la hayan colado.

Porque ambas, obra literaria y obra fílmica, son monumentales ataques hacia la bondad natural del ser humano. Si La vida futura era una distopía, pero esperanzada en la capacidad de las personas para solucionar los problemas, en La carretera toda posibilidad de arreglar el desastre está marchita: el mundo es un páramo de cenizas, habitado por saqueadores caníbales y ocasionales viajeros, como el Padre y el Chico (cuyos nombres desconocemos, pero en la pantalla grande están interpretados respectivamente por Viggo Mortensen y Kodi Smith-McPhee).

En este mundo desolado, el Padre trata de que ambos sobrevivan en la peripecia hacia el sur en busca de un futuro, al tiempo que trata de enseñarle a su hijo para que se valga por sí mismo en el peor futuro posible. Viven como animales, rapiñeando donde pueden, escondiéndose cuando toca, y procurando que sus escasas pertenencias no sean robadas por algún otro caminante.

Adelantémonos al final de la novela: el Padre fallece, y el Chico está solo, frente a la playa de un mar gris. Le quedan unas ropas andrajosas, el cadáver de su progenitor, y una pistola con una única bala. Pero se le acerca un hombre, que los había estado siguiendo, y le ofrece ir con él y con su familia. El Chico acepta, y puede que la Humanidad haya sido resarcida, y que, después de todo, la bondad reside en algunos de nosotros, incluso en las peores circunstancias.

O no.

Se suele decir que el final de la película es menos ambiguo que el de la novela, ya que dedican un momento más amplio a mostrarnos a la familia, e invitándonos más a creernos que van a acoger al Chico. Esto le granjeó las acusaciones de haber endulzado el relato original. Pero ambos finales son igual de engañosos, o por lo menos dan pie a interpretarlos de una manera diferente.

Hagamos un ejercicio de imaginación: en un mundo donde los recursos escasean (a lo largo de la novela los protagonistas casi se mueren de inanición un par de veces), ¿acoger a una boca más que alimentar no es un ejercicio sospechosamente altruista? A fin de cuentas el Padre, que bajo el baremo de este mundo es una buena persona por no matar a nadie sin motivo, o no dedicarse a la antropofagia, se negó a que un pobre anciano les acompañase, y dejó sin nada a un ratero por haberles intentado saquear.

Cuando no hay comida, apenas hay agua potable, los refugios escasean, y la vida pende de un hilo, más allá de la caridad cristiana o la bondad innata, el quedarse con el niño puede verse con otros ojos: acogerlo por canibalismo. Matar a uno para que sobrevivan cuatro. Que el niño piense también en esa posibilidad, pero harto de todas las penalidades se rinde y va con el hombre y su familia. Así, bajo un final aparentemente esperanzador, se asoma la aterradora posibilidad de que el mundo decadente vaya a devorarlo al fin, tras tanta lucha por parte del Padre.

O quizá todo esto sea un absurdo ejercicio de overthinking, y Mccarthy sólo quiso endulzar un poco su famosa y áspera distopía. Pero la escena está ahí. 

 

4. The Beatitudes: La gran belleza (Paolo Sorrentino, 2013) x2.

Si nos ponemos a hablar de esta película, no terminaríamos nunca. El tranquilo paseo de Jep Gambardella por los grandes monumentos de la urbe tiberina, repasando lo insustancial de su propia vida, lo artificial que resulta el ambiente que le rodea, y la facilidad con la que camina entre la frivolidad contemporánea, está plagado de escenas hermosas en lo estético, y poderosas en contenido. Y hay dos que me llamaron poderosamente la atención, sobre todo por la música que las acompañaba: The Beatitudes, compuesta por Vladimir Martynov y ejecutada por el Kronos Quartet.

Ambos momentos están estrechamente relacionadas con el paso del tiempo y la nostalgia por un pasado más brillante, temas que la misma película nos recuerda también mientras la cámara de Luca Bigazzi muestra las ruinas romanas, o los espléndidos edificios del XIX. Una de hecho se desenvuelve entre las columnas de la Villa Julia, donde un artista le muestra a Jep su exposición, nacida de la costumbre de su padre de sacarle una foto cada día. Vemos la vida del hombre, desde que es un niño a su juventud, hasta llegar a la edad adulta, sonriendo y enfadado, indiferente y triste, conmoviendo al escritor mientras escuchamos los dulces sonidos del cuarteto.

La otra es mucho más desgarradora. La protagonizan los Colonna di Reggio, una pareja  de nobles “de alquiler”, empleados para rellenar un hueco en la cena en honor a sor María (cobrando sus servicios a 500 euros, y encima sustituyendo a una familia rival). Tras la humillante experiencia regresan al hogar, pero Elisabetta decide entrar en el palacio-museo familiar (el Palazzo Taverna) y observar su cuna, convertida, al igual que el resto de sus posesiones y de su propia vida, en una curiosidad expuesta que evoca un pasado glorioso pero extinto hace mucho. Los muebles, las pinturas, las esculturas y toda la belleza del edificio están envueltas en un manto de pura nostalgia, unas apariencias que esconden una existencia vacía.

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Fuente: Cine Divergente

 

 

Fichas de las películas (Filmaffinity e IMdB):

Nightcrawler.

https://www.filmaffinity.com/es/film779937.html

http://www.imdb.com/title/tt2872718/?ref_=nv_sr_1

La vida futura.

https://www.filmaffinity.com/es/film132167.html

http://www.imdb.com/title/tt0028358/?ref_=nv_sr_1

La carretera.

https://www.filmaffinity.com/es/film623008.html

http://www.imdb.com/title/tt0898367/?ref_=nv_sr_1

La gran belleza.

https://www.filmaffinity.com/es/film202506.html

http://www.imdb.com/title/tt2358891/?ref_=nv_sr_2