La antítesis de Homero: Arquíloco de Paros

archilochus_02_pushkin

Busto de Arquíloco

Por Miguel Arroyo Saco, estudiante de Historia en la Universidad de Santiago de Compostela

Si echamos un vistazo al inmenso cosmos compuesto por las islas y archipiélagos griegos, quizás el nombre de Paros no brille con especial intensidad. No es un destino turístico de peso, nunca ha sido escenario de ningún combate épico y tampoco está de rabiosa actualidad debido a la crisis migratoria que sacude el Mediterráneo. Sin embargo, a pesar de todas estas circunstancias Paros ostenta el honor de destacar en un panorama mucho más distinguido, a medio camino entre la Ítaca de Odiseo y el Jardín de las Hespérides: el de la literatura. Y no es para menos, pues este rocoso islote fue la patria chica del poeta Arquíloco, una de las figuras más fascinantes y originales engendradas por la literatura clásica griega.

(53 D)

Olvida Paros, aquello higos y aquel vivir del mar.*

Como es habitual, la información que de él disponemos es escasa, y dentro de ella resulta difícil separar la realidad de la leyenda. Algunas inscripciones de autores como Eliano o Enómao de Gadara dejaron constancia de su existencia; a su vez, Heródoto sostenía haber sido contemporáneo del pario, lo que nos permite ubicar su nacimiento en torno al siglo VII a.C. Sin embargo, una vez en Paros sus orígenes tampoco son claros: sabemos más o menos a ciencia cierta que fue hijo de un noble local y una esclava y que enseguida tuvo que abandonar su hogar para ganarse la vida como mercenario. El trauma que supuso abandonar su isla natal -la cual aparecerá de forma recurrente en su poesía, siempre retratada bajo la óptica de la nostalgia- unida a su peculiar sensibilidad hicieron que conociese la guerra como un menester penoso y no como el lugar de las hazañas heroicas. Buena prueba de su actitud durante la contienda la tenemos en este fragmento:

(6 D)

Algún sayo alardea con mi escudo, arma sin tacha,

que tras un matorral abandoné, a pesar mío.

Puse a salvo mi vida. ¿Qué me importa el tal escudo?

¡Váyase al diantre! Ahora adquiriré otro no peor.

Éste es seguramente el aspecto más destacado de la personalidad arquiloquea, pues en un entorno cultural como el griego -donde la actividad guerrera era un elemento básico de la sociedad- rechazar estos supuestos de forma tan manifiesta era toda una deshonra que atentaba contra las propias bases de la sociedad y del honor. Sobre todo si tenemos en cuenta que la falange hoplítica (formación de combate básica de los ejércitos griegos en la Antigüedad) se basaba en una combinación de armas en la que sus integrantes se protegían mutuamente con sus escudos, por lo que la acción de Arquíloco sería doblemente cobarde y reprobable. En sus versos Arquíloco se autorrepresenta como un antihéroe cínico, desertor, bastardo y borracho en lo que supone poco menos que una caricatura de los valores tradicionales de la sociedad helena. Teniendo en cuenta todo esto no resulta extraño que los antiguos le atribuyesen la invención del yambo, verso poco noble y no apto para la poesía épica, pero sí muy apropiado para los coloquios dramáticos, la burla o la sátira vulgar. Tanto en esta clase de composiciones como en sus elegías dejó testimonio de su sentir acerbo y su palabra hiriente, que en muchos casos dirigió contra varios de sus coetáneos.

(88 D)

Padre Licambes, ¿qué es lo que tramaste?

¿Quién perturbó tu entendimiento? Antes

estabas en tus cabales. Pero ahora eres

en la ciudad gran motivo de burla.

(88 Ad)

¡Gorda, ramera, prostituta abominable!

En estos fragmentos el poeta arremete contra Neóbula, doncella a la que Arquíloco amó con locura y con la que incluso llegó a estar prometido. Su padre, Licambes (al que como vemos aquí arriba tampoco deja de injuriar), había dado el visto bueno a la unión, pero antes de que ésta pudiera realizarse -quizás ante la perspectiva de tener un yerno de tan mala fama- reculó y rompió su palabra. En respuesta Arquíloco se vengó insultando a la familia con tal ferocidad que, según la leyenda, provocó que padre e hija se ahorcasen para escapar del escarnio.

(67a D)

Corazón, corazón, de irremediables penas agitado,

¡álzate! Rechaza a los enemigos oponiéndoles

el pecho, y en las emboscadas traidoras sostente

con firmeza. Y ni, al vencer, demasiado te ufanes,

ni, vencido, te desplomes a llorar en tu casa.

En las alegrías alégrate y en los pesares gime

sin excesos. Advierte el vaivén del destino humano.

Con todos estos datos en mano nos resultaría muy sencillo vilipendiar a Arquíloco presentándolo como un advenedizo irrespetuoso y cobarde, más preocupado por su propia satisfacción que por ideales elevados. Sin embargo, al margen sus bravatas y su ansia por romper con los valores establecidos podemos ver cómo puntualmente emerge de entre su lírica un mensaje filosófico que pondera como grandes virtudes la ecuanimidad y el talante sereno ante los embates del azar –pensamiento que nos permitiría relacionarlo con la escuela estoica, de la que se puede considerar un precedente. Del mismo modo, más o menos veladamente Arquíloco ha ido emergiendo desde hace ya varios siglos como todo un referente literario. Aunque por lo general sus composiciones no fueron demasiado conocidas ni siquiera en la Antigüedad, la idea de que había fundado un género literario en sí mismo lo elevó a la categoría de genio de la sátira, en una concepción que se rescataría durante el Renacimiento. Buena prueba de su relevancia la tenemos en la obra El nacimiento de la tragedia en la música, en la que Nietzsche citaba al pario nada más y nada menos que junto a Homero como una de las dos naturalezas plenamente originales surgidas en la tradición literaria griega, atribuyéndole además el mérito de ser el primer artista subjetivo de la Historia y el ejemplo paradigmático de creador dionisíaco.

Panorámica de Paros

Panorámica de Paros

Recientemente, Arquíloco ha sido el sujeto de otra clase de admiración, pues las nuevas traducciones lo han convertido en hermano de ciertos poetas contemporáneos. Por su parte algunos eruditos lo han situado en la apertura de sus historias del denominado pensamiento occidental, ya que sus canciones no fueron dictadas (parece) ni por la convención ni por el deseo de agradar, sin que más bien siguieron la pulsación de las partes viscerales del poeta. Esto ha motivado que Arquíloco se haya visto como el primer individuo de la Antigüedad clásica.

*(Todos los fragmentos presentes en el texto han sido extraídos de la Antología de la poesía griega de Carlos García Gual, la cual se cita en la bibliografía).

 

BIBLIOGRAFÍA

BURNETT, Anne Pippin, Three archaic poets: Archilocus, Alcaeus, Sappho, ed. Duckworth, Londres, 1983.

GARCÍA GUAL, Carlos, Antología de la poesía lírica griega: siglos VII – IV a.C., ed. Alianza, Madrid, 1980.

LUQUE ORTIZ, Aurora, Aquel vivir del mar. El mar en la poesía griega, ed. Acantilado, Barcelona, 2015.

NIETZSCHE, Friedrich, El espíritu de la tragedia en la música, ed. Alianza, Madrid, 2001.

RANKIN, H. D., Archilocus of Paros, Noyes Press, Nueva Jersey, 1977.