BREVE INTRODUCCIÓN A “LA GRAN BELLEZA”: UNA HISTORIA SONORA

La Gran Belleza” es una historia de nostalgia, algo de lo que la música sabe demasiado. Un relato cuidado del transcurrir del tiempo contrastado con la artificialidad, globalización y “antiesencia” presente en nuestro aquí y ahora. Es una historia de lo trascendente – un sentir que la música impulsa, ya sea con Pärt o con David Lang – cohesionado con lo intrascendente y su correspondiente parafernalia (inclusive en lo musical). Con un escenario escogido a medida: Roma puede que sea uno de los lugares en los que estas dos perspectivas de la realidad mejor se mezclan y funden entre sí. De esto va la película de Paolo Sorrentino, de una historia de mediocridad y excesos vista a través de los ojos y la sensibilidad de Jep Gambardella.

Lo realmente sorprendente de su Banda Sonora no es tanto la cantidad de temas musicales que posee – aparecen más de veinte canciones a lo largo de la película – sino lo contrastante y sorprendente que resulta su variedad temática. Al fin y al cabo, la música tiene que sumar a favor del argumento: no nos iisorprendamos si pasamos desde lo más banal de “Mueve la Colita” de Gato DJ a lo más elevado de “My Heart’s in the Highlands” de Arvo Pärt.

Es necesario contar con elementos musicales que nos vinculen y que refuercen las relaciones con el espacio y con la acción que se desarrolla: caso de “Forever” de Antonello Venditti para marcar el factor italiano que reside en el film; caso de “I lie” del postminimalista David Lang para remarcar el componente místico; o caso de otras como “More Than Scarlet” de Decoder Ring o “Parade” de Tape cuya finalidad es meramente ambiental y/o de refuerzo. Lo musical es un campo muy trabajado en esta película, igualado al esfuerzo y calidad de su imagen y fotografía, y todo ello queda en evidencia al satisfacer sonoramente todas las demandas que el guión realiza.

La cohesión entre la música y la imagen es brutal, así como la existente entre el silencio y la visual. Al fin y al cabo, es el sonido – o la ausencia del mismo – el que otorga el significado; es él el que logra que escenas insignificantes trasciendan, es él el que consigue que segmentos visuales cargados de posibilidades se dirijan a las alcantarillas de lo mediocre. Distinguimos, no sólo gracias al contenido del argumento sino por la música, entre dos grandes bloques temáticos: entre el frenesí y la calma, entre lo vacío y lo repleto de contenido. Toda selección temática musical se adecúa a ellos; es una música funcional y utilitaria que sirve para reforzar el contraste visual y argumental que Paolo Sorrentino propone.

El primer bloque se limita curiosamente a las escenas de mayor movimiento visual, a los ambientes nocturnos cargados de sexualidad y hedonismo, pero también de mundanidad y banalidad. Por ello, ante ese tránsito de cuerpos indefinidos y sexualizados entran en escena músicas como “Mueve la colita” de Dj Gato, “Far l’amore” de Bob Sinclair, “Discoteca” de Exchpoptrue, “We no speak Americano” de Studio Allstars o “Que no se acabe el mambo” de José Peña Suazo. Sonoridades electrónicas, italianas y latinas; ritmos marcados; músicas hechas para bailar, y eso es lo que sucede en la película. No es un mero relleno, la música se sitúa dentro de la acción, se usa.

El segundo bloque es el motor de la película, lo que esperamos ver, lo que la hace especial, y cuyaiii categoría la eleva incluso gracias a ese contraste con el bloque: es la pausa y la reflexión que este silencio personal facilita. Hablamos de escenas cargadas de “esencia”: véase los saltos espacio-temporales junto a su primer y real amor, véase su siempre metafórica y metafísica visión del mar, o la escena cargada de simbolismo que se produce con Sor María y los animales en su balcón. Incluso regresando a los primeros minutos del film, podríamos hacer referencia a la contextualización del grandioso pasado histórico de Roma a partir de sus joyas arquitectónicas y artísticas. Estos momentos son los que, al final, se agarran y permanecen en la retina del espectador después de pasar dos horas y media frente a la pantalla.

La selección musical relacionada con este bloque reflexivo la podíamos incluso dividir en dos secciones; debemos de tener en cuenta que este planteamiento es totalmente subjetivo ya que un mismo tema podría cumplir toda clase de funciones que aquí se proponen en función de las circunstancias en las que aparezca. Por un lado estaría aquella música casi de ambiente, una música estable y secundaria que se puede usar tanto para la transición entre escenas como para crear una espectación sobre el personaje y sus reflexiones; por otro lado estaría aquella vertiente mística que crea una sensación de trascendencia. En la primera sección podríamos encuadrar las anteriormente mencionadas “More Than Scarlet” de Decoder Ring o “Parade” de Tape, aunque también la Symphony no.3 op.36 de Henryck Górecki, “Everything Trying” de Damien Jurado, o “Water from the same source” de Rachel’s.

En la segunda sección situaría a “My heart’s in the Highlands” de Arvo Pärt, “The Beatitudes” de Vladimir Martinov, “I lie” de David Lang, “The Lamb” de Arvo Pärt, “World to come IV” de David Lang, “Dies Irae” de Zbigniew Preisner, “Beata viscera Mariae Virginis” de Tavener. La tónica dominante entre todas es ellas es la relación con lo religioso y lo minimalista, algo igual un poco reduccionista pero efectivo a la hora de expresar sin titubeos. Muchas de estas tienden a ser planas, tranquilas, acordes con esa dinámica “Slow Life” que representa Jap Gambardella con sus interminables, pausados, y constantes paseos. Una música que refleja con fidelidad a aquel que disfruta pensando y valorando.

A modo conclusivo, la película, más allá del relato de nostalgia y del incesable e inevitable paso del tiempo, trasciende persé como objeto artístico. No precisa de acción ni de la presencia de miles de elementos y movimientos para impactar en un público que nota como es tocado por la exquisitez y crudeza del comportamiento humano. Es un cúmulo de factores el que logra que supere esa categoría audiovisual – lo argumental, lo visual, el contexo, lo musical – y el que permite que entre a formar parte de ese nivel celestial en el que se sitúan las verdaderas obras de arte: aquellas que provocan alguna reacción en nosotros y que no nos dejan indiferentes.

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