Un paseo por Viena

“La ciudad no cuenta su pasado, lo contiene, como las líneas de una mano […]”. Esto nos decía Italo Calvino en Las ciudades invisibles (1972) y no podemos estar más de acuerdo. En el trazado de nuestras ciudades podemos encontrar más respuestas de las que uno podría pensar. Todo tiene un por qué y, muchas veces, puede darnos inesperadas explicaciones. Cuando uno camina hoy por las calles y avenidas más hermosas de París está pisando un escenario que en su momento experimentó una gran transformación.

En la segunda mitad del siglo XIX se llevó a cabo un gran proyecto para la capital francesa ideado y liderado por Haussmann, hombre de confianza de Napoleón III. El objetivo era transformar a la ciudad parisina en un centro de modernidad única. Para ello, se crearon muchas calles y avenidas de ancha vías flanqueadas por árboles a costa del derrumbe de varios edificios. También se establecieron puntos de referencia tan ilustres como el Arco del Triunfo o el Gran Palacio de la Ópera junto a la plantación de los extensos jardines que a día de hoy continúan mostrando su majestuosidad. Antes de este proyecto, el urbanismo siempre se había presentado como algo caótico y carente unos  poderes públicos fuertes para intervenir ambiciosamente sobre el tejido urbano. Hasta este momento, en palabras de Jean Luc Pinol, el proceso consistía en salpicar la ciudad de elementos arquitectónicos nuevos y fragmentados.

Con la llegada del proyecto de Haussmann, en 1853, se empezó a abarcar un modelo de intervención radicalmente diferente. Se trataba de un programa complejo que quería hacer de París una ciudad más salubre, más fluida en el tránsito y, por supuesto, más segura. Además, siempre hay un componente político que nunca debemos dejar de lado, y es que el nuevo plan urbanístico de Haussmann también se pensó para dificultar físicamente la colocación de barricadas. Las revueltas de 1830 y de 1848 estaban cercanas en la memoria y detrás de este proceso estético residía también una razón de control y represión. También se trataba de decir adiós a las barricadas revolucionarias.

La renovación urbana que experimentó París fue un proceso seguido desde otras capitales europeas. Muchas de esas ciudades se mostraron a lo largo del tiempo como auténticos laboratorios en búsqueda de la modernidad, y ese fue el caso de Viena. La ciudad austríaca inició un proceso de construcción y reestructuración lento e imparable para convertirse en una capital moderna a la cabeza del Imperio Austro-húngaro.  Fue entonces cuando nació el llamado estilo ringstrasse a raíz de las intenciones del emperador Francisco José I, que ordenó en 1857 el derrumbe de las murallas que rodeaban la ciudad, la representación física del orden del Antiguo Régimen. La revolución de 1848 de París había tenido un eco importante en la ciudad austríaca, donde los liberales comenzaron a adquirir una posición de fuerza mientras que la monarquía de los Habsburgo empezó a ceder en su dominio.

Tras conseguir el derrumbe de las calles, se convocó un concurso público para decidir la nueva ordenación urbana sobre las nuevas superficies disponibles. La normativa de las construcciones que se estableció en este momento llegó incluso a prevenir el ancho mínimo de las calles y la altura máxima de los edificios, recomendando la construcción de calles rectilíneas sin tener en cuenta la topografía. El concurso del proyecto fue ganado por el arquitecto de origen alemán L. Förster. Los burgueses triunfantes  apoyaron  el diseño general de este arquitecto, un nuevo concepto de ciudad. En el orden urbano del Antiguo Régimen teníamos una serie de pequeños y estrechas calles que lograban convertir edificios representativos en el centro de todas las perspectivas. Una de las calles más importantes era Michaelerplatz, donde el palacio imperial se había estructurado de manera que “abrazaba” al pueblo. Aquella concepción venía de dos siglos atrás, cuando el célebre Bernini había puesto en marcha  esa idea para la creación de la plaza de San Pedro del Vaticano. Frente a esto, Föster pensó en la apertura de un gran bulevar lleno de equipamientos de uso público y cultural financiados por medio de la venta de algunos solares a promotoras privadas.

Entre 1860 y 1890 se levantaron hasta doce grandes edificios a lo largo de la Ringstrasse. Ninguno de ellos era privilegiado en su localización, sino que todos eran dejados a los lados de las calles. De algún modo, era el inicio de una democratización estética: nada estaba por encima de nada. Como veremos a continuación, todas estas construcciones se realizaron imitando a los estilos antiguos, convirtiendo a Viena en una especie de parque temático historicista.

De norte a suroeste, todavía nos encontramos a día de hoy los siguientes edificios: La Bolsa, la Universidad, el Gran Teatro, el Parlamento, los museos y parte de lo que iba a ser el nuevo palacio imperial.

Edificio de la bolsa (1874): El autor de este edificio fue Hansen, yerno de Förster. Podríamos enmarcar su estilo dentro de lo neorromamo, ya que se inspira en buena medida en el modelo del arco del triunfo de Constantino.

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Nueva sede de la Universidad (1885): Diseñada por Förster, se construyó con el objetivo de agrupar bajo el mismo techo a las facultades de Derecho y Filosofía. En este caso nos encontramos ante un edificio neorrenacentista, aunque al estar amansardado nos recuerda a los edificios parisinos construidos en esos mismos años.

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Ayuntamiento de Viena (1884): Este edificio fue obra del arquitecto Friedrich von Schmidt, que tenía en mente la influencia del neogótico, un estilo que se había originado en Reino Unido durante esos mismos años. El modelo se vio adecuado para el ayuntamiento porque en la Baja Edad Media todavía tenía fuerza sobre el poder de unos Estados que todavía estaban iniciando su construcción.

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Parlamento: Fue construido por Hansen en estilo neogriego. Se trataba de un auténtico mensaje para el emperador porque la Atenas “democrática” de la antigüedad había sido idealizada como referente. La primera sesión de la cámara tuvo lugar en Diciembre de 1883.

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Teatro Imperial de la Corte o Burgtheater (1888): Diseñado por Semper y Hasenauer en un estilo neobarroco que recuerda a los teatros parisinos. Estos arquitectos también se encargaron de la construcción de los museos imperiales, adonde fueron trasladadas las colecciones privadas de la monarquía para poder ser disfrutados por el público.

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Tal y como ha señalado William  M. Johnston, estas construcciones de la Ringstrasse adolecían de monumentalidad, ya que habían sido construidas a partir de maquetas que parecían pequeños relicarios. Todo se había puesto en marcha por el deseo de una burguesía que no tenía ni buscaba un estilo propio. Los edificios eran solo la copia de antiguas fachadas, muchas veces con una clara alusión histórica. No resultaría descabellado relacionar este tipo de conducta con la aparición, desde la segunda mitad del siglo XIX, de las Exposiciones Universales, que se convirtieron en un nuevo espacio de comunicación social entre las élites, donde se incorporaban los logros imperialistas, siendo habitual la exposición de elementos etnográficos procedentes de las culturas dominadas bajo el régimen colonial de la metrópoli. En este espacio también tuvieron representación los nuevos avances tecnológicos y las distintas obras de arte aceptadas por las Academias. Los burgueses se paseaban y se relacionaban en medio de estos parques temáticos, así que puede que este ideal se quisiera trasladar, en cierto modo, a la realidad urbana.

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Exposición Universal de París en 1900

Una de las consecuencias de la moda historicista fue la gran división que se dio entre críticos y aduladores. Uno de los detractores más conocidos de la ringstrasse fue Camilo Sitte,  que ponía de modelo a ciudades que mantenían su esencia medieval, como Siena (Italia) o Rotemburgo (Alemania) y abogaba por calles estrechas y la ausencia de planos cuadriculados propios de ingenieros, que para él rompían con el íntimo contacto entre el hombre y la naturaleza. No obstante, a pesar de tener un carácter claramente retrógrado, esta propuesta se quería mostrar como una opción de futuro.

No tardó en surgir un enfrentamiento con Otto Wagner (1841-1918), que escribió un manifiesto con alusiones claras a Sitte: La ciudad (1893). Este arquitecto se había formado por partida doble: primero pasó por el Instituto Politécnico de Viena, donde adquirió una formación matemática y técnica; y, poco después, entró en la Academia de Bellas Artes, cuyos profesores habían sido los mismos que habían estado construyendo los edificios de la Ringstrasse. Sin embargo, lo que Wagner acabó haciendo fue radicalmente diferente, pues fue uno de los que apostó por una vertiente mucho más progresista, basándose en la concepción nietzscheana de que para construir hay que destruir. Su mentalidad fue clave para dar el impulso definitivo de Viena hacia la verdadera modernidad. En 1893 ganó el proyecto de la ciudad para las comunicaciones, con el objetivo de adaptar la capital a las nuevas necesidades mediante la construcción del metro. Paralelamente, fue diseñando nuevas edificaciones e instalaciones, definiendo una arquitectura más limpia e influida por la ingeniería. En definitiva, consideraba que el punto de partida de las artes debía ser la vida moderna y no la historia.

Un grupo de pintores, escultores, arquitectos y músicos vieneses no tardaron en seguir las mismas determinaciones de Wagner, constituyendo lo que se conoció como Primavera Sagrada, una revolución artística tan importante que merece ser contada en su propio artículo.

La caja postal de Otto Wagner (1905-1911) es uno de los primeros ejemplos del funcionalismo.

La caja postal de Otto Wagner (1905-1911) es uno de los primeros ejemplos del funcionalismo.

BIBLIOGRAFÍA

JOHNSTON, William M., El genio austrohúngaro, KRK, 2009

PINOL, Jean-Luc y WALTER, François, Historia de la Europa urbana: La ciudad contemporánea hasta la Segunda Guerra Mundial, Universitat de València, Valencia, 2011.