Un viaje a través de las naciones y los apátridas

Por Pablo Fernández Fernández

Pensé -¡presa del espanto!-: ¿seré, pues, el único cobarde de la tierra?… ¿Perdido entre dos millones de locos heroicos, furiosos y armados hasta los dientes? Con cascos, sin cascos, sin caballos, en motos, dando alaridos, en autos, pitando, tirando, conspirando, volando, de rodillas, cavando, escabulléndose, caracoleando por los senderos, lanzando detonaciones, ocultos en la tierra como en una celda de manicomio, para destruirlo todo, Alemania, Francia y los continentes, todo lo que respira, destruir, más rabiosos que los perros, adorando su rabia (cosa que no hacen los perros), cien, mil veces más rabiosos que mil perros, ¡y mucho más perversos! ¡Estábamos frescos! La verdad era, ahora me daba cuenta, que me había metido en una cruzada apocalíptica”.

Estas palabras fueron dictadas por la conciencia de Céline, reflejado en su Viaje al fin de la noche. Después del día, en un instante estúpido, el protagonista -el autor- decide enrolarse en el ejército que lucha por aquella Francia en guerras, de la que se puede terminar como ministro de cultura, caso de André Malraux, o condecorado y desterrado, caso de Céline.

Artículo Pablo 3 W. Commons

Louis-Ferdinand Céline

-Yo estoy orgulloso de ser turco.

Una sencilla frase en una conversación pasajera. No elegimos donde nacemos ni la lengua con la que comenzamos a comprender el mundo. El orgullo por ser algo en lo que no ha habido libertad de elección previa es, cuando menos, extraño. Pero también es el orgullo de la cultura popular constitutiva de nuestro propio ser, y que podemos encaminar en la dirección que deseemos. A fin de cuentas, son las vivencias y la forma de interpretar el mundo que nos ha sido legada.

El polémico Céline fue declarado desgracia nacional para Francia por colaboracionismo con el Tercer Reich. El destierro, ese cruel castigo de arrebatar el hogar, de perder el espacio propio y vagar sin afinidad por la tierra. ¿Puede el ser humano vivir sin las raíces del árbol? Hay varias maneras de ser desterrado. Fundamentalmente, por motivos económicos o políticos. Sobre esta última, la más directa, tuvo mucho que decir Nazim Hikmet. Y lo hizo tal que así:

Como semillas

he dispersado a mis muertos

por toda la Tierra,

unos descansan en Odesa,

otros en Estambul,

otros en Praga.

 

El país que prefiero es la tierra.

Cuando me llegue la hora, cubridme con ella.

El poeta turco, hoy considerado el más importante del país de Anatolia, fue condenado a 28 años de prisión y cuatro meses por sedición en 1938. Si la traición de Céline fueron sus contactos con el gobierno nazi, la conspiración de Hikmet era escribir en el diario Aydınlık y militar en el Partido Comunista. Cuando sus huesos ya habían sufrido doce años de dura cárcel, para gracia y desgracia, ya que para el resto de la humanidad fueron muy fructíferos debido a su trabajo literario, comenzó una durísima huelga de hambre. Apostaba en el tablero su frágil cuerpo por el país al que quería. Pero la poesía es proclive a traspasar cualquier tipo de barrera, como enseñó Marcos Ana con el “te llamo desde un muro”, y, gracias a esto, se generó un gran revuelo internacional. El estado turco se vio obligado a amnistiar al poeta para luego, cómo no, desterrarlo. Ese fue su premio por luchar por un país más democrático. No mejor suerte corrió Marcos Ana. El trabajo de Nazim estuvo durante años bajo la atenta mirada de la censura. Hoy, cuando ya el tiempo lo hizo aceptable, en los colegios se estudian obras como Paisajes humanos de mi país, en la que inmortaliza su Turquía en diversos géneros. Ese hoy llegó demasiado tarde para el artista, como suele suceder. Al menos, tal como dice el Viaje al fin de la noche, “viajar es muy útil, hace trabajar la imaginación. El resto no son sino decepciones y fatigas. Nuestro viaje es por entero imaginario. A eso debe su fuerza. Va de la vida a la muerte. Hombres, animales, ciudades y cosas, todo es imaginado. Es una novela, una simple historia ficticia. Lo dice Littré, que nunca se equivoca. Y, además, que todo el mundo puede hacer igual. Basta con cerrar los ojos. Está del otro lado de la vida.” Es el cielo de quiénes las cuatro paredes de la cárcel se lo privan.

Fuente: poeticvoicesofthemuslimworld.org

Nazim Hikmet

Desde los tiempos de Zeus, Afrodita y Aquiles, la guerra siempre ha sido intermitente y constante entre los dos bandos separados por el Mar Egeo, Grecia y Turquía. En la otra costa, con mirada profunda, aparece el rostro de Nikos Kazantzakis. Si Hikmet fue Céline, Kazantzakis tuvo la suerte de ser Malraux. Las cuerdas que enlazan y tejen los destinos son tensas, numerosas e incluso azarosas. El escritor griego de La última tentación de Cristo y Alexis Zorba (que nos enseñó el baile hasapiko) nació en su otro bando, en la Creta dominada por el Imperio Otomano, para mudarse más tarde a Atenas y luego a la Francia intelectual, donde estudiaría filosofía y contra la que perdería el premio Nobel por un único voto, yendo a parar a las manos de Albert Camus. Kazantzakis, cuyo nombre proviene del turco, fue un nacionalista griego de carácter popular y un viajante incansable. Primero, descubrió todos los vestigios de la historia que había creado el y al pueblo heleno. Después, organizó la vuelta de los griegos del Cáucaso y, cinco años más tarde, se embarcó en una travesía casi mundial. Así, con el paso de los años, su pensamiento derivó hacia unas posturas universalistas. Siempre con el ansia de la justicia social que cantaba Atahualpa Yunpaki: “Mi patria son mis hermanos / que están labrando la tierra / mientras aquí nos enseñan / como se mata en la guerra“.

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Y es que tanto él como Hikmet fueron muy conscientes de la utilización de las guerras para el provecho económico, de la misma manera que los pasajes de Céline son similares al Senderos de gloria de Stanley Kubrick.

Si doy un paso más, estoy en otro lugar, o me muero”.

El fotograma es una selección de la alegórica El paso suspendido de la cigüeña, película del también griego Theo Angelopoulos. La acción se desarrolla en una ciudad, más bien un asentamiento, en la frontera, en la que se concentran refugiados de todas partes. Una ciudad sin nacionalidad, ni pertenencia, ni historia. Una ciudad que es el mundo de Angelopoulos. En este fotograma se muestra la frontera, marcada por la línea pintada en el suelo. Una frontera que imaginamos en nuestras mentes. La muerte es un mísero paso.

La frontera con el país actual de Troya, más natural, viene devenida por el mar. Sin embargo, eso nunca ha frenado el intercambio cultural que tanto les ha unido como separado. Tiempo más tarde de Troya, llegó la gran Constantinopla y Bizancio. Nada se mantiene, y fue el turno del Imperio Otomano, que albergó en su interior numerosas culturas. La gran testigo de estos cambios es la música, y en el juicio realiza su alegato a través de las melodías orales como en la danza del hasapiko, que gustaban los carniceros de Constantinopla. Al Imperio Otomano le llegó la hora de desaparecer, y con él la danza se desplazó hacia las tierras helenas para hoy ser representada en el cine. Mientras, en la Turquía se fundaba el estado que existe hoy con un nombre propio, el de Atatürk. El padre que, con un carácter nacionalista unificador, fundó la nueva patria bajo la otrora grandeza del Imperio y a costa de las minorías que allí vivían. Pero esta región jamás ha dejado de contener multitud de subculturas, pues ningún pueblo establecido puede asegurar que tenga más historia que la acontecida en la Anatolia. Las danzas como el hasapiko se mueven a través de las personas, y fueron muchas las que llegaron a Estambul con la pérdida de territorios del imperio. Éstas, si bien no tenían nada que ver con la cultura de Oriente Próximo antes de la conquista otomana, en el momento de la derrota ya eran parte de ella, y con ella viajaron. De esa mezcla nacen los habitantes actuales.

Pero también hay cosas que permanecen. Una de las improntas que se mantuvo en los Balcanes tras la marcha otomana fue el Islam en Bosnia. Así nació el director de cine y músico Emir Kusturica. Pero él eligió su nación, y actualmente es un serbio y cristiano más. Con él nos deja a Luka, el ingeniero de la película La vida es un milagro, que construye, cual hormiga, una vía ferroviaria que atraerá turismo a su pueblo, ubicado en el medio de la nada y del todo. Una vía que es un camino entre las montañas de los Balcanes, una concordia del proyugoslavo Emir. Una cosa que añadir, esta película es otra obra utilizada en la enseñanza.

No por ello Kusturica deja de ser un hombre en extremo polémico, al igual que Céline. No pocos se escandalizaron con su “las guerras y las ong las pagan los mismos”. En concreto, afirmó “luché mucho para que mi país no acabará bombardeado, pero los serbios no encajábamos en el nuevo orden capitalista y las guerras las financian los mismos que subvencionan las ONG. Las multinacionales pagan partidos y políticos para que las declaren. […] Para lavar la sangre y las conciencias de los ciudadanos que votan a esos políticos que ordenan bombardeos. Las ONG recogen los heridos y son su coartada para ser políticamente correctos después de lanzar bombas sobre niños en nombre de la democracia”.

Como respuesta a este orden de la realidad, el internacionalismo conjuga la constitución de sujetos patrios junto a la cooperación desinteresada entre naciones, y cuya mayor insignia es la formación de las Brigadas Internacionales, en las que participó André Malraux. Esa determinación de un Ernesto Guevara dispuesto a mandar y morir por igual.

Ypres, actual Bélgica. Las trincheras son los nuevos habitantes en la Primera Guerra Mundial. En el gesto de dominio que es para una persona montar a su caballo, un hombre es derribado. Zumbidos. Un brazo en grave estado. Ese hombre que se encuentra desconcertado ante lo que encuentra a su alrededor responde al nombre de Louis-Ferdinand Céline. Se asusta ante lo estúpido de morir en lo más absurdo que ha creado el ser humano, la guerra. Pero, ¿y si la causa fuera objetivamente justa? Antenazada por el poder, ese elemento siempre presente, pero justa. ¿Cómo sentirse parte de un todo, si eso te transforma en hormiga? Los zumbidos se mantuvieron durante toda la vida de Céline.