Velázquez en Italia: primer viaje (1629-1631)

En 1865 un joven francés visita Madrid. Como guarda un especial interés hacia la pintura, decide acercarse al Museo del Prado, la pinacoteca  nacida del amor de la reina Isabel de Braganza por el arte. Durante su periplo repara en un lienzo muy extraño: aparentemente es sólo el retrato de un tal Pablo, un bufón de la corte de Felipe IV que, más allá de la calidad de la pintura, de la dignidad que le otorga el pintor y de la pose declamatoria en la que fue reflejado, tampoco es algo extraordinario. Pero el joven pintor ve algo más, o mejor dicho, no ve, el fondo. Pablo de Valladolid estaba rodeado completamente de “aire”, y sólo su sombra podía tomarse como una referencia espacial. Era un espacio neutro, marrón parduzco.

Nuestro joven pintor (pueden llamarlo Édouard) se entusiasma con este descubrimiento, y en una misiva a su amigo Henri Fantin-Latour lo describiría como “Quizá el fragmento de pintura más sorprendente que se ha hecho”, y eleva al Olimpo de las artes al autor del misterioso cuadro. A su vuelta al país galo reproducirá un fondo parecido en su obra El Pífano, un juego de grises en el que apenas se distinguen el fondo y la superficie sobre la que está tocando el soldado. El cuadro sería rechazado por el jurado del Salón de 1866, pero formaría parte de aquellas primeras expresiones de una generación de pintores que estaban destinados a reescribir la concepción misma del arte, el grupo impresionista.

Teniendo en cuenta que ya se lo he spoileado (anglicismo que sin duda suena mejor que el castizo destripar) en el título mismo de este artículo, el lector se habrá dado cuenta que el autor de la obra que tanta impresión le causó al joven francés es el sevillano Diego Rodríguez de Silva y Velázquez (1599-160), que forma con Picasso, Dalí y Goya una suerte de club selecto de artistas españoles que consiguieron hacerse un hueco en la historia. Incluyan si quieren a Miró, Gris, Tàpies, Ribera o al cavernícola que pintó los bisontes de Altamira, pero la figura que nos compete hoy es don Diego. Porque la historia que he narrado no es casual, y de la misma manera que el encuentro con la obra del pintor español influyó en numerosos artistas, éste también realizó un viaje de descubrimiento que supondría una nueva etapa hacia su consagración definitiva.

Para empezar, ¿por qué Italia? La península llevaba siglos dividida en reinos independientes enzarzados en continuas guerras, pero al mismo tiempo había sido la cuna de un Renacimiento artístico que había redescubierto las formas clásicas de Grecia y Roma, lo que alimentó el talento de varias generaciones de genios: Miguel Ángel, Leonardo, Rafael, Verrocchio, Botticelli, etc. Y además, en los tiempos de Velázquez seguía siendo el foco artístico principal de Europa, donde nacían las nuevas tendencias y las novedades. Algo así como lo sería París para los modernistas, o Nueva York para el arte contemporáneo.

Podemos deducir entonces que todo aquel artista que quisiese obtener una formación artística de calidad debía de partir a tierras italianas. Y Velázquez era plenamente consciente de ello, desde que estaba formándose en el estudio de Francisco Pacheco (1564-1644), que además de ser de los pintores más respetados de la ciudad del Guadalquivir tenía fama de ser un hombre culto y versado. Es probable que la idea de marchar allá le rondase por la cabeza durante bastante tiempo, pero no fue hasta que uno de los mejores artistas de su tiempo llegó a Madrid cuando recibió el impulso definitivo para llevarlo a cabo.

wikimedia commons pj

Peter Paul Rubens, Autorretrato (1626). Fuente: Wikimedia Commons

Peter Paul Rubens (1577-1640) es universalmente conocido por pintar escenas mitológicas (El juicio de Paris, Las tres Gracias), bíblicas (La cena de Emaús, La adoración de los magos) y retratos de nobles (La infanta Isabel Clara Eugenia), entre otras obras. Pero también fue un hábil diplomático, y participó en las negociaciones de paz entre España, Inglaterra y las Provincias Unidas, al servicio de Isabel Clara Eugenia, infanta y gobernadora de los Países Bajos. Llegó en 1628, y en el año que duró su estancia trabó amistad con Velázquez, con quien incluso admiró las obras de San Lorenzo del Escorial. El “monstruo del ingenio, de habilidad y de fortuna” como le definían algunos coetáneos suyos, pudo haber sido el principal responsable de que el pintor sevillano se lanzase a la aventura italiana, aconsejándole para que mejorase su técnica y aprendiese de los maestros (el mismo Rubens tuvo su propio viaje a la península, en el 1600). Incluso están documentadas las intenciones de Rubens de partir a Italia también, pero finalmente los retrasos y su labor diplomática acabaron por impedírselo.

wikimedia commons dj

Diego Velázquez (detalle de Las Meninas). Fuente: Wikimedia Commons

El rey accedió al deseo del artista, y le dio bastantes facilidades; 400 ducados (unos dos años de salario), a los que se sumaron 200 del Conde-duque de Olivares, y una medalla con el rostro del rey citada por Palomino; además, se dieron avisos a los embajadores de Venecia, Parma, Roma y Florencia para que fuese bien recibido, como pintor del rey que era; y portaba cartas de recomendación dirigidas a personalidades religiosas y políticas. Las reacciones de los diplomáticos fueron dispersas, ya si bien los hubo que vieron con buenos ojos ese viaje, como el embajador veneciano Alvise Mocenigo o el de Toscana Averardo de Medici, otros lo vieron como un posible acto de espionaje, especialmente con un conflicto en Mantua en el que había cierta participación española, tal y como opinaba Flavio Atti, embajador de los Duques de Parma.

El relato empieza con su partida en Barcelona en el verano de 1629, acompañado de Ambrosio Spínola, el “Capitán General de las Armas Cathólicas en los Payses de Flandes” que curiosamente será protagonista de uno de los lienzos más conocidos del artista, La rendición de Breda (o Las Lanzas), elaborado en 1634 en recuerdo de su victoria en el asedio de la ciudad.  En otoño llega a Génova, y desde allí se dirigió a la perla del Adriático, Venecia.

Se torna necesario hacer un alto. Poseemos pocas fuentes que narren la estancia de 18 meses del pintor. No se conservó correspondencia, y las informaciones más fiables son los relatos de Pacheco (a postre suegro de Velázquez) y Palomino. Por esta razón no se conoce con exactitud su recorrido: según Palomino y Pacheco la primera parada importante fue Venecia, y se toma con mayor o menor aceptación que sus siguientes paradas destacables fueron Roma y Nápoles. Hay que resaltar el Caso de Bolonia y Florencia, que no visitó a pesar de las cartas de recomendación, posiblemente por el mismo interés del artista, ya que hacía tiempo que Florencia había sido sustituida por Roma como foco de las nuevas tendencias. Es posible que también viajase a Verona, Padua y Bérgamo, pero no hay suficientes evidencias que lo respalden. Según los expertos, otras paradas que pudieron haberse dado fueron una de dos días con sus noches en Ferrara para conversar con el cardenal y coleccionista Giulio Sacchetti, y otra en Cento para hacerle una visita al pintor Guercino.

Volvamos a Venecia. Se alojó en la embajada de España, donde recibió un trato cordial por parte del diplomático Cristóbal Benavides, invitándolo a su mesa y disponiendo criados para que lo acompañasen en su visita. Aunque ya conocía algunas obras de maestros venecianos (Tintoretto, Veronés, Tiziano) de la colección real, pudo estudiar detenidamente más obras de estos autores que tanto le interesaban. Tuvo ocasión de apreciar la Basílica de San Marcos y el Palacio del Dux, sobre todo la Sala del Gran Consejo, en la que admiró La Gloria de Tintoretto. Finalmente pudo ir a la Academia de San Lucas, donde hizo copias de varios cuadros, como la Crucifixión o La Comunión de los Apóstoles. Debido a las tensiones militares, tuvo que abandonar la ciudad y marchar a Roma, con paradas ya mencionadas en Ferrara y Cento, para llega a Roma previo paso (sin parada) por Bolonia.

wga.hu

Profeta Ezequiel, Capilla Sixtina. Fuente: wga.hu

Las actividades de Velázquez en la ciudad de los Césares fueron bastante similares a las realizadas en Venecia. Para empezar fue bien recibido por el embajador, el conde de Monterrey, y gracias a sus cartas de recomendación pudo conocer al papa Urbano VIII y a su sobrino, el cardenal Barberini, quienes le permitieron alojarse en el Vaticano y acceder a varias salas decoradas con frescos de Zuccano. No sólo eso, sino que también podía entrar en la capillas Sixtina y Paulina, para ver con sus propios ojos las paredes que el maestro Miguel Ángel Buonarroti había pintado. No desaprovechó la oportunidad, e hizo copias en pintura y dibujos a lápiz  de los Profetas y Sibilas, del Juicio Final, de la Conversión de  San Pablo, y del Martirio de San Pedro. Las vecinas obras de Rafael (La disputa del Sacramento, La escuela de Atenas y el Parnaso) en la Stanza della Signatura fueron también copiadas por Velázquez.

Gracias al conde de Monterrey, pudo pasar el verano alojado en la Villa Médicis, donde pudo estudiar con tranquilidad una importante colección de estatuaria antigua. Una enfermedad provocó su traslado al palacio del conde en Roma, quedando a su cuidado hasta su recuperación. Sabemos poco de las actividades del pintor en los meses que siguieron, pero teniendo en cuenta sus contactos y su deseo de cultivarse, no resulta muy descabellado que aprovechase para conocer las nuevas técnicas y orientaciones artísticas.

Durante su estancia en la ciudad aprovechó y pintó cuatro lienzos (conservados) que ponen de manifiesto los nuevos conocimientos de Velázquez, tanto en las pinceladas, como en los pigmentos usados, la expresión de sentimientos, las temáticas, etc. Comentaremos primero dos de los cuadros más interesantes de la carrera del artista, El pabellón de Ariadna y la Vista del jardín de la Villa Médici en Roma (o Dos hombres en la entrada de la gruta). Son dos paisajes en los que la luz, el aire, la arquitectura, las esculturas, las figuras humanas y la vegetación combinan a la perfección, reflejando naturalidad y mostrándonos el notable paisajista en el que se hubiera convertido el pintor. Lo más interesante es que, según los especialistas, es muy posible que ambas obras fuesen pintadas en el exterior en diferentes momentos del día (tarde y mediodía), lo que nos ofrece la imagen de un pintor que sale de su estudio, y busca plasmar en el lienzo su visión del paisaje y del efecto de la luz sobre el mismo. Esto, señores, es Impresionismo.

Las otras dos obras podrían considerarse como “mensajes” hacia sus detractores italianos y españoles, que no eran pocos. Le tachaban de incapaz para hacer cuadros de historia, de poner unos personajes en una determinada situación, de pintar retratos. Para silenciar todas aquellas críticas, elabora dos lienzos en los que se plasma el momento concreto de una historia, y las reacciones de unos personajes, sin tratar de imitar a los pintores autóctonos. Uno era de temática bíblica (La túnica de José) y otro mitológica (La fragua de Vulcano), y de dimensiones parecidas. Lo más probable es que los hubiese pintado para él mismo, pero fueron adquiridos para las colecciones reales en 1634.

 La Fragua de Vulcano narra un hecho descrito por Ovidio en sus Metamorfosis: Apolo le comunica al desafortunado Vulcano y a los cíclopes que su esposa Venus le engaña.  La otra obra, La túnica de José, se centra en un momento muy concreto de la historia de José cuando sus hermanos, que le han vendido como esclavo, muestran su túnica ensangrentada a su padre Jacob. Son dos revelaciones muy dolorosas (la revelación de un adulterio y la supuesta muerte de un hijo), por lo que no resulta extraño que Velázquez trabaje con expresiones, gestos y reacciones diversas.

Veamos La Fragua; mientras Apolo habla, los cíclopes (sin dejar sus herramientas) y Vulcano expresan su estupefacción, y se crea una tensión por las revelaciones del dios, y sus potenciales reacciones. Son emociones ligadas a los seres humanos, no a los dioses. En La túnica de José solo el padre tiene una expresión de dolor sincero, ya que los hermanos expresan desde una expresión de dolor exagerada hasta una con cierto deje de ironía. El pintor se convierte en un auténtico director de teatro, pone en escena una situación y a unos personajes.

Velázquez pone más cuidado en la concepción del espacio, incluyendo el truco de Vasari de embaldosar el suelo para crear profundidad, y a la disposición de las figuras, que enlazan con los objetos para ocupar todo el espacio. Además, pone más atención a la luz, como las tres fuentes en La Fragua (la fragua, el halo solar de Apolo y el metal incandescente que trabajan Vulcano y los cíclopes) y al color, mediante pigmentos diluidos y manchas dispersas. Adopta el uso de una pasta más ligera, en detrimento de la espesa de su época Sevillana, y reduce el número de pinceladas. Abandona el claroscuro de Caravaggio, y trabaja más la anatomía de sus figuras: esto fruto sin duda de sus estudios de Miguel Ángel y las estatuas de la Villa Médici.

En 1630 Velázquez volvió a España, pero aún tuvo tiempo para visitar en Nápoles a José de Ribera, Lo Spagnoletto, y elaborar un retrato de la hermana de Felipe IV y prometida del futuro emperador del Sacro Imperio Fernando III, María Ana de Austria. No sería la última vez que ese pintor español pisase las tierras italianas, pero de su segundo viaje ya hablaremos con más tranquilidad en otra ocasión.

BIBLIOGRAFÍA

BENNASSAR, Bartolomé (2012) Velázquez: vida. Cátedra, Madrid.

PALOMINO, Antonio (2008) Vida de don Diego Velázquez de Silva. Akal, Madrid.

SALORT PONS, Salvador (2008) Diego Velázquez: pintor 1599-1660. Arco/Libros, Madrid.

PÁGINAS DE INTERNET

http://www.musee-orsay.fr/es/colecciones/obras-comentadas/busqueda/commentaire/commentaire_id/le-fifre-317.html?no_cache=1

https://www.museodelprado.es/aprende/enciclopedia/voz/pablo-de-valladolid-velazquez/657f05f7-d9f9-4002-8288-b70e30ec3f9e

https://www.museodelprado.es/aprende/enciclopedia/voz/velazquez-diego-rodriguez-de-silva-y/264aa37c-c2ac-4690-9b7d-b9eccb5978e9

https://www.museodelprado.es/aprende/enciclopedia/voz/rubens-pedro-pablo/0e58fabf-fce4-426d-8ff3-945c15f4030b

https://www.museodelprado.es/aprende/enciclopedia/voz/pacheco-francisco/c1e0e116-e6b6-4479-ac4f-d39b059827be

http://elpais.com/diario/2002/09/14/babelia/1031958369_850215.html

https://www.museodelprado.es/coleccion/obra-de-arte/la-fragua-de-vulcano/84a0240d-b41a-404d-8433-6e4e2efd21ab

http://www.patrimonionacional.es/colecciones-reales/categorias/detalles/7704/La%20t%C3%BAnica%20de%20Jos%C3%A9/341

https://www.museodelprado.es/coleccion/obra-de-arte/vista-del-jardin-de-la-villa-medici-en-roma/9b9584d1-6e48-49e0-9c6a-433fc2e1dbb2