Francisco Ferrándiz; “La Ley de Memoria Histórica ha sido otra oportunidad perdida”

 

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Fotografía; Laura Dalama

Un lejano mes de diciembre traía a la Facultad de Geografía e Historia de Santiago de Compostela, al antropólogo Francisco Ferrándiz. De la mano del grupo HISTAGRA   – Historia Agraria y Política del Mundo Rural. Siglos XIX e XX –, llegaba para realizar una conferencia acerca de la “Autopsia social de un subtierro: Exhumaciones contemporáneas de la Guerra Civil.” Se enmarca, dicho evento, dentro de un ciclo de conferencias, aún en activo, sobre “Pasados incómodos; guerra memoria e historia.” Antes de tal disertación, lo abordamos, previa negociación de un valioso tiempo.  Lo que nació del encuentro se encuentra en las próximas líneas.

PD; Para más información sobre HISTAGRA, visiten su página web http://histagra.usc.es/

¿Quién es Francisco Ferrándiz?

Soy un antropólogo social que trabaja en el CSIG desde el año 2007, aunque tengo una trayectoria un poco heterodoxa. Hice Geografía e Historia y me especialicé en arqueología romana. Luego hice mayística y estuve excavando en Yucatán. Allí me interesé mucho por contacto con los mayas, y decidí orientarme hacia la antropología. Con el tiempo, conseguí una beca que me permitió hacer el doctorado en la Universidad de Berkeley (California), donde realicé la tesis sobre un culto espiritista. Empecé a trabajar tres temas: la antropología del cuerpo, la antropología de la memoria y la antropología de la violencia. En un principio lo hice a través de los estudios sobre Venezuela y la violencia cotidiana a través del espiritismo.  Pero llegó un momento en el que consideré el tema agotado tras muchos años de investigación y entonces cambié de rumbo.

En 2002 empecé a interesarme por las publicaciones de la prensa en torno a las exhumaciones de las fosas comunes de la guerra civil. Puede parecer extraño pasar de espiritismo a memoria histórica, pero los ejes de investigación han sido de nuevo los mismos: cuerpo, memoria y violencia. En el CSIG tenemos un proyecto interdisciplinar que ahora llamamos El pasado bajo tierra, donde tratamos todas las controversias y complejidades que se han dado en torno a las fosas comunes.

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Fotografía; Laura Dalama

Las exhumaciones se han convertido en una herramienta de derechos humanos transnacional. No solo ha habido exhumaciones en España, las hay también en Chile, Salvador, Argentina, Bosnia, Corea, Vietnam o Ruanda.

¿Qué implica la presencia de las fosas comunes en España? 

La fascinación por el hueso tiene un perfil histórico que ya se da en la posguerra. Se han exhumado muchísimos cuerpos en distintos momentos y con distintos significados, políticas o debates. Por otro lado, hay que verlo en un marco comparado para entender el proceso español. Las exhumaciones se han convertido en una herramienta de derechos humanos transnacional. No solo ha habido exhumaciones en España, las hay también en Chile, Salvador, Argentina, Bosnia, Corea, Vietnam o Ruanda. La pregunta que nos hacemos es ¿Por qué esta fascinación del siglo XXI por los cuerpos de las violencias del siglo XX? Esa sería la pregunta principal de nuestra investigación. Esta perspectiva comparada nos ayudaría a comprender más hechos con los que aquí nos ahogamos en vasos de agua, con argumentos como el “tú más”, “vosotros también matasteis”, “recordad Paracuellos”.

En este sentido, su presencia hay que pensarla más en ciclos de atención mediática y financiación. Depende mucho de las políticas públicas. Es importante tener en cuenta que ha sido un movimiento que ha surgido de abajo a arriba. Nosotros hacemos un trabajo de campo y muchas veces ha sido complicado. La forma de plantearlo es que España es un país exhumador por naturaleza, por lo que no es que se haga ahora por capricho. Hay una cultura detrás que incluso podríamos vincular con las reliquias.

La crispación puede tener mucho que ver con la inmadurez democrática, es decir, el ser incapaces de asumir un debate sosegado sobre lo que ha pasado históricamente.

 ¿Cómo se está viviendo en la sociedad actual el tema de las fosas comunes?

Estamos intentando entender estos huesos que están saliendo ahora, con su contenido histórico y partiendo de un proceso global. Evidentemente, ha sido bastante incómodo para la sociedad española recibir esto setenta años después. Ha habido un entorno de crispación potente. Para nosotros esto es un dato, porque en la investigación nos desglosamos. Como ciudadanos, tenemos nuestras ideas, pero como investigadores analizamos una realidad y tratamos de entenderla. La crispación puede tener mucho que ver con la inmadurez democrática, es decir, el ser incapaces de asumir un debate sosegado sobre lo que ha pasado históricamente. Realmente, esto ha sido una jaula de grillos con mucho griterío y aspavientos tanto en los discursos políticos como mediáticos. Hay que tener en cuenta que estas exhumaciones, sobre todo a partir de 2005 y 2006, han tenido lugar en la sociedad de la comunicación y del espectáculo, son fruto de una modernidad.

Hay una diferencia muy drástica entre la España que ejecutó a esos cuerpos y la España que los recupera 70 años después. Es importante analizarlo porque no son ni siquiera los mismos cuerpos. Tienen una historia proyectada en ellos. Esto se expresa en la legislación funeraria. Si vamos al BOE tras la posguerra, los decretos y órdenes que se dictaron para la gestión de las fosas solo están orientados a los muertos y mártires caídos por España.

Con ello, se crearon dos espacios de muerte, el de los vencedores, sobre el cual se legislaba y el espacio de los vencidos, que se dejaba completamente abandonado. A este respecto, he inventado el concepto del “subtierro”, con el que me refiero a aquellos derrotados en la guerra civil que quedaban en la tierra abandonados durante 60-70 años mientras se legislaba a espaldas de ellos o incluso contra ellos. Cuando encontramos un cuerpo ahora, no es el mismo cuerpo que se fusiló. Sobre ellos tienen sedimentados una historia de abandono y de agravio notable. Creo que se ha perdido una oportunidad extraordinaria para un debate importante sobre la guerra civil, quiénes somos y lo que hemos hecho. Pensemos que esta circunstancia ha resultado muy ofensiva para muchas de las víctimas.

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Fotografía; Laura Dalama

La excavación me parece importante, pero yo intento ver el recorrido que tienen los cuerpos en distintos ámbitos, como el simbólico o el político, incluyendo este último los debates del Parlamento y también el movimiento asociativo a nivel nacional o regional.

En este contexto, ¿qué puede aportar un antropólogo social?

Es algo que me preguntan en cada fosa a la que voy y en cada exhumación. Todo el mundo sabe lo que es un forense, un periodista o un psicólogo. Además, muchas veces se confunde a los antropólogos sociales con los antropólogos físicos. Trabajamos siempre en equipo y yo no trabajo directamente sobre la fosa común, sino que interpreto los recorridos que estos cuerpos tienen a partir de su exhumación. Yo me situaría en lo que podemos llamar el entorno de la fosa. Tenemos cámaras de vídeo y fotos, documentado cuando vienen los familiares, cómo actúa, el impacto que tiene sobre la gente y las culturas políticas que se generan. Es decir, recogemos testimonios, igual que el proyecto de Os nomes e as voces que dirige HISTAGRA en Galicia. Podemos introducir aquí otro concepto que me he inventado: las vidas de ultratumba de los cuerpos. La excavación me parece importante, pero yo intento ver el recorrido que tienen los cuerpos en distintos ámbitos, como el simbólico o el político, incluyendo este último los debates del Parlamento y también el movimiento asociativo a nivel nacional o regional, porque no es lo mismo exhumar en Cataluña que en Euskadi o Andalucía, por ejemplo.

El paso por laboratorio, con las identificaciones y los informes forenses, es importante. Tenemos, también, la vida judicial de estos cadáveres, que han llegado al Tribunal Supremo cuando hace veinte años no estaban en el radar de nadie. Poseemos una gran cantidad de material para trabajar con estos cuerpos una vez que salen de las fosas.

En suma, la antropología se refiere a los aspectos más sociales y culturales. Realmente, tenemos que ser un equipo en el que haya también forenses, juristas o politólogos para entender la complejidad de los acontecimientos.

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Eran las 10:50 y continuábamos hablando con F. Ferrándiz. Fotografía; Laura Dalama

Las fosas comunes también han desestabilizado la Transición. De repente, se han dado cuenta de que ahí había decenas de miles de personas enterradas, y que no habían sido reparadas de ninguna de las maneras.

Según su opinión, cómo se debe de considerar el modelo de la Transición para estos momentos?

Es evidente que hay un agotamiento del modelo de la Transición. No se puede decir que la Transición traicionó a los muertos, aunque aquí, en España, somos mucho de utilizar el lenguaje grueso. Se realizaron muchos avances, pero también se dejaron otros.

Cada generación tiene derecho a reestructurar las reglas del juego. Estas no deben de ser inamovibles. Se pueden cambiar los parámetros en los cuales estructuramos la convivencia nacional. Por ejemplo, hay muchos investigadores extranjeros que vienen a España sorprendidos. La causa es que la Transición es un modelo dentro de la ciencia política. Es aceptado internacionalmente como un modelo de paso de una dictadura a una democracia, de una manera pacífica (aunque problemas siempre los hay). En los manuales de ciencia política se estudia el modelo, e incluso se ha intentado aplicar en algún lugar.

Ahora, de repente, surgen estos movimientos de memoria histórica y de rechazo de la Transición. Este movimiento memorialista culpa a la Transición de cobardía, o a Felipe González, cuando tenía mayorías absolutas, de mantener a compañeros de su propio partido en fosas, pasando olímpicamente del asunto. Culpan a Zapatero de haber sido un timorato, a pesar de tener un abuelo (militar) fusilado. De todo esto se deducen unas nuevas reglas de juego, lo que en Podemos o las Mareas llaman Proceso Constituyente. Es volver a repensar las reglas que nos damos para convivir, ya que las anteriores están agotadas. Elementos, en paralelo, que han socavado la Transición son muchos. Algunos son palpables, caso de la corrupción endémica, la falta de independencia del poder judicial, anquilosado y manipulado por la política, o la memoria histórica.

Las fosas comunes también han desestabilizado la Transición. De repente, se han dado cuenta de que ahí había decenas de miles de personas enterradas, y que no habían sido reparadas de ninguna de las maneras. La lección que se puede aprender del caso español es que no se pueden tapar los huecos, ya que termina saliendo por otro lado. Hay un concepto muy interesante de una historiadora americana, Marianne Hirsch, que es la “posmemoria.” Esta no es la memoria vivida en un primer momento. Es la memoria de los antepasados asumida como propia por parte de hijos, nietos, bisnietos… Son esos saltos intergeneracionales de memoria, mediante la experiencia personal familiar cotidiana. En estos momentos, la generación de los nietos se ha quemado, pero, por lo menos, ha abierto camino.

La Ley de Memoria Histórica ha sido otra oportunidad perdida…El “y tú más” español ha gobernado el discurso.

¿Qué supuso la  Ley de Memoria Histórica?

La Ley de Memoria Histórica ha sido otra oportunidad perdida. Hubo mucho escándalo y mucho lío cuando se estaba haciendo, porque la derecha era muy reacia a que se llevara a cabo. Por otro lado, el movimiento asociativo consideró que era demasiado limitada y que no satisfacía sus expectativas. El debate ha sido de brocha gorda, muy de blanco y negro. No se ha matizado, y nosotros pensamos que nuestra responsabilidad como investigadores, con una perspectiva histórica y comparada, era introducir conceptos para tratar bien el caso español. El “y tú más” español ha gobernado el discurso. Debería de haber voces distintas para divulgar científicamente desde las instituciones públicas, es decir, hacer esfuerzos para hacer el debate más sofisticado porque, hasta ahora, se ha entendido de manera bastante caricaturesca.

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Fotografía; Laura Dalama

(Sobre un pacto de Estado) Santos Juliá tiene un concepto… que es el del “olvido activo”…no dice que se olvidaran, sino que se “echaron al olvido”, es decir, sabemos perfectamente lo sucedido, pero vamos a mirar hacia el futuro.

¿Por qué no hay un pacto de Estado contra la desmemoria?

Son temas de enorme complejidad. La palabra pacto, en sí, no sería apropiada, más bien,  un “acuerdo tácito.” Ya que para un pacto debe de haber una reunión de cuatro, con acta o sin acta, para  establecer ciertos límites (hacer o no hacer cierto tema). No creo que haya sido así, más bien hubo un consenso, es decir, que mejor pasar de puntillas. Esto no es lo mismo que un pacto de silencio. Santos Juliá tiene un concepto muy interesante, aplicable para este caso, que es el del “olvido activo”. Él no dice que se olvidaran, sino que se “echaron al olvido”, es decir, sabemos perfectamente lo sucedido, pero vamos a mirar hacia el futuro.

Los antropólogos tendemos a deconstruir las palabras. Esto es a causa de las distintas concepciones que las palabras pueden tener según su exponente. Aquí, los conceptos no están definidos por la RAE. Por ejemplo, la reconciliación de un pasado de guerra depende de la sensibilidad política, de tu generación, de cada uno… Hay gente que le hubiese bastado con que hubiesen legalizado los juicios sumarísimos, otra gente necesita que se reconvierta el Valle de los Caídos, otra, buscar a sus antepasados y darle un entierro religioso, o no.

A lo mejor no es la manera más óptima de plantearlo (silencio de los afectados), pero sí que se dosificaron ciertas compensaciones a las víctimas, pensando que eso podía apaciguarlas de alguna manera.

En las diferentes disposiciones, tanto en forma de decreto como de Ley o con alguna añadidura, se habla, sobre todo, de indemnizaciones o pensiones, amén de ciertos reconocimientos. Así pues,  ¿se pagó, desde los distintos gobiernos, un posible silencio de los afectados?

Es una pregunta difícil. El lugar más conflictivo eran las fosas comunes, ya que, ahí, reposaban las pruebas empíricas o las judiciales. Lo que se hizo durante la Transición y años posteriores fueron medidas como concesiones de viudedad, algunos decretos… Todo ello está recogido en un disquete, que el Ministerio de Justicia tiene en su posesión. Se hicieron cosas de manera puntual, pero se hicieron. Hasta la Ley de Memoria Histórica no fue integrada, teniendo ésta muchas limitaciones.

A lo mejor no es la manera más óptima de plantearlo, pero sí que se dosificaron ciertas compensaciones a las víctimas, pensando que eso podía apaciguarlas de alguna manera. Ha ocurrido, entonces, que ha sido la generación de nietos, mediante la transmisión intergeneracional de la memoria, la que se ha hecho notar. Es la generación  que no encuentra satisfactorio lo realizado, ya que, los abuelos sufren y los padres viven el franquismo, callando o no, además  de hacer la Transición.

La principal diferencia, entre una época y la otra, es la sociedad de la información y del conocimiento. Ha habido un foco mediático muy importante a causa de ser una sociedad bulímica y espasmódica, donde los medios de comunicación se alimentan de estas noticias, con el morbo que en ello se encierra. Es una sociedad del espectáculo y, queramos o no, los cuerpos dan espectáculo. Las exhumaciones y los huesos han conseguido atraer el centro de la pista del circo mediático. Esto no significa que no hubiese otros actos. Me refiero a otros procesos paralelos de memoria, caso de caravanas de apoyo a guerrilleros, actos en cementerios, recuerdos luchadores históricos… Son actos con menos impacto, a causa de ese “efecto CSI” de los huesos y su interpretación forense.

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Francisco Ferrándiz durante su conferencia sobre la “Autopsia social de un subtierro: Exhumaciones contemporáneas de la Guerra Civil.” Fotografía; Laura Dalama.