Historia de un suicidio: el efecto Werther

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Suicidio de Werther, por Granger. Fuente: fineartamerica.com

 Me siento incómodo al leerlo y temo volver a experimentar ese estado patológico del que surgió

Diez años después de su publicación, Johann Wolfang Goethe (1749-1832) se atrevió a volver a leer la novela que lo catapultó a la fama y que impulsó el cambio de algunos aspectos de lo que hoy conocemos como cultura moderna europea. Sin embargo, no fue hasta su vejez cuando llegó a una verdadera reconciliación con su obra.  Y tenía razón, porque aquel “estado patológico” que había originado Las penas del joven Werther (1774) había vuelto a entrar en su atormentado espíritu. En 1821, con 72 años, se enamoró de una joven y bella chica de diecisiete años, Ulrike von Levetzow, a la que pidió en matrimonio. El consiguiente rechazo le recordó a un triste episodio de su juventud. Comencemos desde el principio.

El primer best seller alemán

 El jueves 29 de Septiembre de 1774 la famosa novela se publicaba en Leipzig por primera vez. Tuvo un éxito fulminante en el mismo momento en que apareció, y más mérito debemos otorgarle si tomamos en consideración que el mercado editorial de finales del siglo XVIII era de grandes limitaciones y poco o nada tenía que ver con el gran entramado que tenemos a día de hoy. Apenas pasado un año de su publicación, ya había once ediciones a principios de 1775 y solo pasaron cuatro años hasta que se comenzó a traducir a otros idiomas. Era el comienzo de algo grande y todo ello se debió a que su pasional autor había conseguido captar y relatar el espíritu de su tiempo. Gracias a Goethe, Alemania se convirtió en un punto sobre el mapa literario europeo. Puede sorprendernos esta afirmación, pero en esta época los núcleos literarios eran Francia, Inglaterra e Italia.

Se suele decir que el Werther inició la corriente que hoy conocemos como Romanticismo, pero en realidad la novela se escribió bajo la influencia de un movimiento alemán que a muchos no les sonará y que se denominó Sturm und Drang (tempestad y empuje). Todavía estamos en una etapa prerromántica, pero no es menos cierto que fue Goethe el que dio voz con su obra a aquellos jóvenes burgueses de las nuevas generaciones que, adquiriendo una conciencia sobre sí mismos, se sentían insatisfechos. No sentían apego hacia las viejas concepciones religiosas del Antiguo Régimen pero tampoco asimilaban el nuevo culto a la razón, que a sus ojos resultaba excesivamente rígido e inflexible.

En lo que se refiere a la forma, Goethe quiso dar a la obra un realismo que pretendía impactar al lector y para ello recurrió a la novela epistolar. Este recurso ya había sido utilizado por otros autores pero él aportó la gran novedad de que, en vez de mostrar el intercambio de correspondencia entre dos personajes, eliminó las respuestas. ¿Resultado? Werther envía unas cartas a su amigo Wilhelm, un desconocido del que no sabemos nada y con el que los lectores nos acabamos identificando. De esta forma, se obtiene una mayor empatía hacia el personaje.

Cuando el maestro era aprendiz

En 1771, tres años antes de la publicación del Werther, nuestro joven escritor viajó a Estrasburgo, donde conoció a Herder (1744-1803), el principal teórico de la corriente prerromántica Sturm und Drang. En su autobiografía, Poesía y Verdad, Goethe recuerda con detalle la experiencia de aquellos primeros momentos con el que se convertiría en su maestro, a pesar de llevarse tan solo cinco años de diferencia. Herder era, en palabras del filósofo Rüdiger Safranski (1945), un aventurero del espíritu.  Estaba obsesionado con la idea de lo original y lo primigenio. Buscaba algo diferente. Shakespeare era un gran ejemplo para él porque no había seguido las normas que imperaban en el teatro del siglo XVII, fue característico y original. Herder también fue de los primeros en hablar de un nacionalismo alemán. Para él, un escritor original siempre sería un escritor nacional porque lo original siempre estaría vinculado a la nación, a la tierra y al entorno donde nace dicho escritor.

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A bordo de un velero, de Caspar David Friedrich (1819)

Hacia una nueva percepción

Como personas del siglo XXI nos puede parecer extraño, pero en el siglo XVIII la conciencia de ser un genio no existía. Músicos, poetas o pintores afamados de la época eran conscientes de ser mejores que los demás de su oficio, pero se veían a sí mismos como trabajadores que siempre estaban bajo las órdenes de sus patronos (nobles, eclesiásticos o monarcas, esencialmente). La concepción de un genio, esto es, una persona que es consciente de ser el responsable de una fuerza creadora y única, no surgió hasta este momento. ¿Por qué se suicidó Kurt Cobain? ¿Y Amy Winehouse? Se convirtieron en genios desde nuestro punto de vista, y la carga de su responsabilidad pudo generarles sufrimiento. La condición es extremadamente ambiciosa y acaba conduciendo a una auténtica utopía autodestructiva. Así lo quiso reflejar Goethe con el fracaso vital y el consiguiente suicidio de Werther.

El surgimiento del nuevo concepto de artista (Heredado del filósofo Shaftesbury) tuvo un especial impacto en Alemania. Igual que Dios, el genio no necesita aprender unas reglas para llevar a cabo su arte porque es capaz de crear algo totalmente nuevo a partir de sí mismo y del entorno natural que lo rodea. De ahí que Goethe establezca en la novela un estrecho contacto entre la sensibilidad de Werther y los fenómenos naturales. Un ejemplo simbólico clave es la inundación de un valle ante el inicio de la pasión desatada del protagonista.

Se sabe que Werther fue una novela que Goethe escribió para superar sus penas vitales. Hay una relación inmediata entre determinados episodios que vivió y lo que después es relatado. Nos puede sorprender, pero este hecho fue una gran novedad en su época y en parte explica su éxito. Quería algo diferente, primigenio. Quería romper con lo que en aquel momento era convencional. Rosa Sala destaca que probablemente estamos ante la primera obra literaria en la que se compone a partir de lo que se ha vivido. Johan W. Goethe era en 1775 un joven e impulsivo escritor que deseó mostrar literariamente su fallida relación con Charlotte Buff, a la que conoció en Wetzlar y de la que se enamoró siendo plenamente consciente de que estaba casada.

En Poesía y Verdad, se dedica desde su vejez a narrar aquellos vaivenes de su juventud y revela que estuvo a punto de quitarse la vida. La novela tuvo en cierto modo un efecto terapéutico en él. No solo reflejó en ella las penas de su corazón sino que también mostró la sensación de soledad y la angustia que estaba viviendo en esos años con respecto a su genialidad. Se sentía inseguro y no veía la forma de expresarse. El arte, en sus propias palabras, “surge de los esfuerzos del individuo por mantenerse contra la fuerza destructora del todo”. A lo largo de la novela, Goethe no logra que surja el arte de su interior y siente que se adentra  en lo efímero, en lo insignificante. He aquí al hombre prerromántico, aquel que desea huir de los mecanismos de su sociedad. Alberto, prometido de la mujer de la que se enamora Werther, no es más que la perfecta contraposición del protagonista. Es el perfecto burgués que acata las virtudes del trabajo y de la responsabilidad.

Literatura hecha realidad: el efecto Werther

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Leyendo el Werther, por Wilhelm Amberg (1870). Fuente: Wikimedia Commons

El Werther provocó más suicidios que la más hermosa de las mujeres

Madame de Stäel en Sobre Alemania (1813)

 Las penas del joven Werther se convirtió en una novela que creó tal empatía con el destino del protagonista que no se limitó a un simple fenómeno literario, sino que generó lo que hoy denominamos como fenómeno sociológico. Muchos lectores de la época se sintieron inmediatamente identificados con los monólogos del protagonista, hasta el punto de que se desató a finales de siglo la llamada “fiebre wertheriana”. Los jóvenes empezaron a vestirse exactamente igual que Werther: casaca azul, chaleco amarillo, calzones de cuero y botas. Se desataron las imitaciones y las “copias pirata” de las ediciones. Tampoco tardaron en llegar las críticas moralizantes contra la obra. Hasta aquel momento había predominado en la literatura la visión cristiana de que la muerte era una gracia que solo Dios tenía el derecho de otorgar. El suicidio por amor siempre fue utilizado con una intención de advertir sobre los peligros de la pasión. Nada que ver con Werther, que se caracteriza precisamente por ser una obra absolutamente amoral y que en ningún momento pretende incentivar el desarrollo de cualquier tipo de virtud.

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Río Ilm, en Baviera. Fuente: Wikimedia Commons

Reflejos sobre el Río Ilm. Los criados de Goethe consiguen rescatar uno de ellos, que se hundía en sus aguas. Es una mujer, que parece dormida, pero en su pecho solo laten las penas del joven Werther que se llevó su vida.

Microrrelato de María Pena Fraiz*

Fue entonces cuando muchos jóvenes empezaron a suicidarse, muchos de ellos vestidos “a la Werther”. La frecuencia de los suicidios llegó hasta tal punto que un hombre llamado Christian Spiess  tuvo la idea de lucrarse escribiendo Biografías de los locos (1795-1796), donde narraba las vidas de algunos lectores del Werther que habían decidido acabar con su vida. A día de hoy, los profesionales del campo de la psicología siguen hablando del Efecto Werther, término acuñado por el sociólogo David Phillips para referirse a los suicidios por imitación. El escritor Heinrich Von Kleist (1777-1811), tras el fracaso de su obra El príncipe de Homburg, se suicidó de un disparo en un lago a las afueras de Berlín junto a Adolphine Vogel, su musa inspiradora. Fue un verso de su última obra el que figuró como epitafio en su lápida: “Finalmente, oh inmortalidad, eres toda mía”. Hay ejemplos que nos pueden resultan más cercanos. Tras la muerte de Kurt Cobain se llegaron a suicidar muchos jóvenes seguidores del cantante de Nirvana. Para el caso, la separación cronológica no supone un excesivo obstáculo. Estamos ante creadores que se vieron en permanente conflicto con las convenciones sociales de su momento y que siempre se sintieron abrumados ante una responsabilidad que los oprimía.

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Tumba de Heinrich Von Kleist y Adolphine Vogel. Fuente: http://www.visitberlin.de

*Puede ser difícil de creer, pero Rosa Sala recoge en el prólogo a la edición de Alianza que los criados del joven escritor recogieron del río Ilm (Baviera) el cuerpo sin vida de una joven que se tiró al río con un ejemplar de Las Penas del joven Werther.

BIBLIOGRAFÍA

ANDRÉS, Ramón, Historia del suicidio en Occidente, Ed. Península, Barcelona, 2003

GOETHE, Johann Wolfang, Penas del joven Werther, Alianza editorial, Madrid, 2012

SALA ROSE, Rosa, El misterioso caso alemán: Un intento de comprender Alemania a  través de sus letras, Alba Editorial, Barcelona, 2007

SAFRANSKI, Rüdiger, Romanticismo: Una odisea del espíritu alemán, Ed. Tusquets, Barcelona, 2009