Salón des Refusés: Monet et Debussy

Berta Bragado Belío, Aarón Pérez Borrajo

La experiencia demuestra que las cosas no suelen suceder por sí solas, sino que responden a una serie de acontecimientos, situaciones o necesidades que la sociedad demanda. ¿Cúal es la función del artista? Para nosotros, ésta muchas veces responde a la satisfacción de la necesidad del cambio, aunque los propios destinatarios no sean realmente conscientes de tales requerimientos. El objetivo del presente artículo es presentar a dos grandes figuras como Claude Debussy y Claude Monet, y dar las bases para que cada uno compruebe por sí mismo que los padres del impresionismo musical y del impresionismo pictórico tienen mucho más en común que el nombre.

Claude-Achille Debussy (St. Germain-en-Laye, 1862 – París, 1918), conocido compositor francés, podría ser considerado como uno de los músicos más grandes de su tiempo, sin caer en error, y como uno de los que más influencia han ejercido en generaciones posteriores, sobreponiéndose estoicamente a la falta de aceptación que quizás tuvo en un primer momento. Cuenta en su haber con una única opéra (al menos completa), Pelléas et Mélisande, a través de la cual reactivaría el camino operístico estancado en la visión wagneriana. Se podría resaltar su tesón, partiendo de una figura eclipsante tendría la firmeza como para desafiar al modelo y, aunque sin superar su magnitud, sería capaz de esquivarlo y seguir avanzanddebussyo. Especial importancia tendrían también sus obras para piano y orquestales, mediante las que rompería con parte de la tradición que le precedía, inaugurando una nueva época de timbres–colores–efectos posteriormente aceptados y asimilados, todo mérito suyo. En definitiva, el paso del tiempo le concedería la legimidad artística total inexistente en gran parte de su vida.

Parte de un origen familiar campesino y humilde, de una infancia marcada por el desarrollo de la Guerra Franco-Prusiana (hablamos de los primeros años de la década de los 70), de la condena de su padre por pertenencia a la Comuna, y de su refugio en Cannes junto a su tía; todo ello lo supera aunque resulta difícil de creer que no le marca. Cannes es un momento crucial en su vida, descubre tanto el Mar como el Piano (símbolos personales), y se prepara junto a Antonieta Maute para su ingreso en el Conservatorio de París (suceso acaecido en 1872). Aunque inicialmente su sueño, y el de su padre, era llegar a ser un pianista de prestigio, pronto tomaría la vía compositiva, quizás por falta de aptitudes para alcanzar una meta tan ambiciosa (su técnica y extravagancias interpretativas son de sobra conocidas) o por un firme deseo de erigirse como arquitecto musical.

Alumno en armonía y composición de Emile Durand o de Ernest Guiraud, viajaría por Europa de la mano de Nadezhda von Meck, también mecenas de Tchaikvosky, como su profesor personal. Su polivalencia también le llevaría a ser el pianista acompañante de la Sociedad Coral Concordia durante un tiempo, con el consiguiente apadrinamiento de Gounod. Compagina y aglutina diferentes compromisos y papeles musicales con su actividad compositiva, como sería el caso de la puesta en música de L´enfant, la cual le llevaría a ganar el Premio de Roma con una estancia de dos años en la Villa Médici para su formación personal (nos situamos a mediados de la década de los 80).

Su vida podría ser la conjugación perfecta entre la pobreza económica, riqueza intelectual y tormento sentimental; conocida es su relación con los simbolistas, Paul Dukas, Robert Godet, Raymond Bonheur, Mallarmé, Poe o Satie, siempre utilizando a los cafés como plataformas de interacción social (muy propio de esa primera época de vanguardias). Este tipo de relaciones habitualmente solían desembocar en la creación de proyectos comunes, como el caso de la puesta en música de L´après midi d´un faune de Mallarmé.

También fue conocida su faceta como crítico (a partir del Siglo XX) en revistas como la Revue Blanche, en las que aprovechaba para indultar y alabar a sus “semejantes” (Massenet o Mussorgsky) o para destruir a todo aquello que representaba lo deslúcido o estanco (Saint-Saëns). Colaboraría como columnista también en las páginas de Gil Blas, proclamándose como defensor de una tradición francesa independiente de las influencias alemanas (aplaude a Rameu por su labor). En definitiva, el campo de la crítica le sirvió tanto como para mejorar su situación económica, como para dejar por escrito su visión del universo musical de época. Por otro lado, su papel como director de orquesta representando sus propias obras en diferentes escenarios también fue relativamente importante, todo lo que sumase para aliviar la presión económica nunca era rechazado. Hablamos de escenarios como San Petersburgo o Moscú, Roma, Amsterdam, La Haya, Bruselas o Londres.

Moriría en 1918, poco después de la invasión alemana en territorio francés, dejando tras de sí mucho sufrimiento, incomprensión y penurias, pero también una alternativa musical sólida y distinta a las imperantes. Dio cabida a nuevas técnicas, a nuevos recursos e influencias (conjugando tradiciones románticas, nórdicas, rusas, orientales o incluso españolas), herramientas que también permitirían crear un producto que estuviese a la altura de obras maestras. Su figura es fundamental para entender el desarrollo posterior musical.

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Como todo movimiento artístico, el Impresionismo también abarca la pintura, donde encontramos la irrevocable figura de Claude Monet. Nacido en París en 1840, es considerado el padre de este movimiento pictórico que surge en Francia en el último tercio del siglo XIX y que busca plasmar en el lienzo la inmediata impresión del espectador al observar la realidad, supeditando todos los elementos al color y la luz.

Tras pasar su juventud en El Havre, Monet vuelve a su ciudad natal a finales de 1862, matriculándose en el taller del suizo Charles Gleyre, maestro de la Academia de Bellas Artes y el primero en alentarle a pintar al aire libre. Su estilo innovador bebe de las influencias del paisajista Millet, de quien observa el uso equilibrado de la luz y la sombra. Años después, la Guerra franco- prusiana promonetvoca su exilio a Inglaterra, donde conoce la obra del romántico William Turner, extasiándose con su manejo del color y los elementos lumínicos.

Al comienzo, Monet solamente realizaba estudios de paisajes y ciudades al aire libre, pero lo que realmente ambicionaba era representar la figura humana a la intemperie, bañada por la luz solar. Cuando al fin lo consigue en 1867 en su cuadro Femmes au jardín, este fue duramente denegado por el Salón Nacional, por considerarlo revolucionario para la época.

Tras el continuo rechazo de sus obras por parte del Salón Nacional -su única vía de contacto con la Academia de Bellas Artes-, Monet tomó la iniciativa de organizar una exposición privada junto a otros pintores de su generación, como Renoir, Pisarro y Degas. La muestra se inauguró el 15 de abril de 1874, siendo motivo de chanza para la mayoría del público. Entre los cuadros expuestos se encontraba uno que Monet había pintado en 1872 que mostraba las vistas desde su ventana en El Havre, y al que el pintor denominó simplemente “Impression, soleil levant” (Impresión, sol naciente). Una crítica publicada días después del arranque del evento hablaba del mismo como “La exposición de los impresionistas“, denominación que al principio resultó insultante pero que más tarde daría nombre a este grupo de pintores.

En los años posteriores Monet profundiza en su nuevo estilo, creando composiciones mucho más complejas y costosas cuya realización llevaba meses o incluso años: la más famosa es la serie de cincuenta cuadros que dedicó a la Catedral de Ruán (1892 – 1893), mostrándola en atmósferas lumínicas totalmente diferentes. Cuando finalmente el impresionismo se consolida como estilo, Monet cesa en su experimentación y búsqueda de nuevos motivos y se retira a Giverny, donde transcurre su última etapa pictórica y vital, en la que se dedicó a pintar los diversos elementos de su jardín de agua, destacando las series de Nymphéas o “Nenúfares”, hasta que finalmente fallece en 1926.

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Ambos tienen la naturaleza como fuente de inspiración, explotan la espontaneidad a través de una inspiración directa, el objetivo es claro: la transmisión de sensaciones. Debussy no trata de imitar el sonido, sólo quiere jugar con él, estirarlo y explorarlo, modificar su estructura, viajar a nuevos espacios a través de él, romperlo, montarlo y presentarlo de nuevo ante el oyente incrédulo. No quiere reflejar acción, a diferencia de Wagner, sino la sensación (esa sensación de la que también hablan los impresionistas, los que quieren captar la impresión de la luz y no los cuerpos). Monet, por su parte, sería un pionero en el arte de pintar al aire libre, directamente ante lo que deseaba plasmar en el lienzo. Así captaba de forma espontánea lo que la Naturaleza -para él fuente de sensaciones puras- le transmitía. Otorga gran importancia al factor sensible, tomando como objetivo la percepción visual de su obra, y no la de su significado.

Los dos parten de principios académicos y regulados, pero tienen la fortaleza suficiente como para huír y triunfar. En definitiva, hablamos de un rechazo con conocimiento de causa. Tal y como dijimos con anterioridad, Claude-Achille se forma en el Conservatorio de París desde una edad muy temprana. El Conservatorio actúa como canalizador de conocimientos, le forma como persona y como entidad intelectual, inocula ideas en él para que las analice y asimile. El conocimiento que tal plataforma le proporciona, sirve para que construya su propio estilo a través de los clásicos; en definitiva, estar al día respecto a la tradición que le predece le permite cambiar el punto de vista del paradigma musical con una base intelectual sólida. Tanto Monet como Debussy pueden ser sintetizados como un rechazo de los convencionalismos y academicismos. Monet, por su parte, nunca fue amigo de las frías visitas a los museos, y tampoco destacó por su buen uso de los tratados teóricos. Prefería las discusiones con sus coedamestáneos en los cafés parisinos, y a la hora de pintar basó su progreso en una experimentación continua. Desde un primer momento se sintió fascinado por la luz, elemento dinámico donde los haya, capaz de producir efectos sorprendentes en la naturaleza. La insólita habilidad de Monet a la hora de aplicar eficientemente la luminosidad y el color fue, junto a su perseverancia y profundización en el estudio de la sensación visual, uno de los elementos decisivos para la consolidación del impresionismo.

En general, se produciría una absorción por parte del sistema, la industria cultural acaba moviendo a una masa tan inmensa que siempre necesita una constante novedad (incluso aquello que le planta cara). Lo que aparece como una ruptura con el sistema preestablecido, cuando cuaja, se convierte en pasto de la normalidad. El paso del tiempo trae consigo la asimilación, y la vanguardia pierde su condición, se ve adoptada y superada. Es algo inherente respecto a la circulación de corrientes artísticas, y el impresionismo musical y pictórico encabezado por Debussy y Monet no sería menos.

Ambos encabezan movimientos de ruptura, son los máximos representantes del Impresionismo en su campo de acción, marcan el inicio de toda la tradición contemporánea de finales del XIX. Para muchos, la música contemporánea no se podría entender sin Stravinsky, Schönberg o Bartók; sin embargo, el verdadero germen del cambio lo inocula un Debussy anterior, padre del impresionismo musical, y punto de partida para la comprensión de otros como Satie, Ravel o Varèse. Encabeza un movimiento de cambio, quizás eclipsado en ciertos momentos por el trío magnífico, que incluso llega a los conservatorios hoy en día (la música contemporánea la marca, en el tiempo, la aparición de Debussy). Monet sería el primero en subordinar, de forma radical, la representación de la forma de los objetos al efecto que la luz producía en ellos. Su obra fue rechazada y tachada de radical, pero su persistencia y desarrollo de la misma le permitió hacerse oír en el panorama artístico decimonónico.

Tanto uno como otro llevan a cabo la manipulación de los elementos formales, musicales y plásticos, que legitimen sus objetivos artísticos. Debussy, como Monet, no intentaba reproducir la sensación por medio del sonido, sino sugerir otro orden de transposiciones. Siguiendo la línea tratada anteriormente, la de producir sensaciones, capta recursos como: el uso del acorde de séptima sin resolver o también los acordes de novena (inspiración tanto en Charbrier o Grieg), el efecto del uso específico del pedal en determinados pasajes(la exclusividad provoca una mayor atención en su uso), intenta conseguir la unidad a través de la adopción de la forma cíclica (“regalo” de César Frank), o evoluciona a partir del color orquestal de Lalo. Monet, por su parte, trabajaba los elementos plásticos de manera que surge una técnica pictórica propia: aplicaba el color en rápidas pinceladas, contrastando siempre la luz y la sombra de una manera inconfundible. Siempre trataba de poner de manifiesto la textura rugosa de la pintura y de crear una atmósfera vibrante gracias a la oposición entre los colores opacos y los vivos, a lo que ayudaba el uso de pequeñas formas coloridas, como comas y puntos.

Ambos gozaron de influencias de tradiciones no europeas, nos referimos a las tradiciones más orientales. Debussy, cuando es capaz de romper el vínculo con Wagner y la tradición alemana, encuentra en la tradición de la música oriental infinidad de posibilidades formales y expresivas. Tiene importancia la tradición de los gamelanes javaneses (exotismo y componente pintoresco); también bebe de la tradición rusa que le aporta la posibilidad de utilización de los modos antiguos y orientales, todo ello reflejado en: Borodin, Romsky-Korsakov, Balakirev, Tchaikovsky, Mussorgsky o Godunov. Anecdóticamente, la búsqueda del exotismo le llevará a hacer un estudio de la tradición española, dando pie a obras como Una noche en Granada o Iberia. Monet también se interesó por la cultura japonesa, poseía varios abanicos y estampas de cuyos motivos decorativos se sirvió para enriquecer su arte en la última etapa de su vida. Le llamaba la atención la exuberancia de estas manifestaciones orientales, rasgo que adaptó a sus obras llenando por completo el lienzo de formas y colores.

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BIBLIOGRAFÍA DE INTERÉS:

– CHENNEVIERE, Daniel, Claudio Debussy y su obra, Editorial Unión Musical Española, Madrid,
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– COX, David, La música orquestal de Debussy, Editorial Idea Books, Cornellà de Llobregat,
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– GOURDET, Georges, Debussy, Editorial Espasa Calpé, Madrid, 1976.

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– STROBEL, Heinrich, Claude Debussy, Editorial Rial, Madrid, 1966.

– THOMSON, Belinda, El impresionismo: orígenes, práctica y acogida, Editorial Destino, 2001, Barcelona.

– WILDENSTEIN, Daniel, Monet o el triunfo del impresionismo, Editorial Taschen, 2001, Köln.