De Randy a Riggan: la derrota en el celuloide

“No, no lo intentes. Hazlo, o no lo hagas, pero no lo intentes”

Maestro Yoda, Star Wars V: El Imperio Contraataca.

Vamos a ponernos sinceros: no siempre nos gusta que el príncipe encantador mate al dragón, rescate a la princesa, y se despose luego con ella para regocijo y felicidad del vulgo. Muchas veces resulta más interesante que los planes se tuerzan, y que los personajes de una historia se enfrenten a situaciones, desafíos y problemas más acordes con la realidad. Nadie dijo que la vida fuese justa, que los proyectos se cumplen siempre, o que los tiempos de prosperidad durasen eternamente.
Y este baño de realidad no les sienta nada mal. No es casualidad que allá por la antigua Grecia uno de los primeros subgéneros teatrales (y de los más exitosos) fuese la Tragedia, trabajada por genios a la altura de Sófocles, Eurípides y Esquilo. Tuvieron que pasar bastantes siglos para que a los griegos les saliese una competencia digna como lo fue la pluma del Bardo de Avon. Y en el hipersaturado mercado cultural actual las historias trágicas, sean de la calidad que sean, siguen teniendo un éxito importante.

Máscaras teatrales, mosaico de la Villa de Adriano (siglo II).

Máscaras teatrales, mosaico de la Villa de Adriano (siglo II).

¿Pero por qué? ¿Por morbo? ¿Por sadismo? Puede que la clave resida en que los personajes trágicos se corresponden más acertadamente al retrato fundamental del ser humano, con todas sus miserias, pasiones, virtudes y maldades. La existencia del hombre no es un camino de baldosas amarillas, sino la interacción con múltiples situaciones que pueden conducir a un camino u otro, y se puede salir tanto bien como mal parado de ello. De hecho, es muy probable que el antes citado príncipe fuese calcinado vivo por el dragón, o que sus motivaciones fuesen más allá de lo meramente caballeresco, o sabe Dios qué.

De entre esas figuras trágicas, hay una especialmente interesante: el perdedor, al que podemos considerar un retrato cruel de las aspiraciones y ensoñaciones estrelladas por los avatares de la vida, como si de un Ícaro se tratase. Quisieron tocar el sol, pero la cochina realidad se puso enfrente. Pero su verdadero valor radica en que cualquiera de nosotros podemos serlo; el banquero de una poderosa entidad puede estar pidiendo en la calle al día siguiente; o la estrella de un equipo de Champions podría acabar sus días en el baño de un motel de mala muerte por una sobredosis. Nadie se libra de que su suerte pueda cambiar para mal, peor o mucho peor. Y el cine ha sabido usar esta idea bastante bien.
Vamos a proceder a hablar de cuatro películas en los que el rol del perdedor cobra un protagonismo importante, pese a la variedad de temática y estilos que hay entre ellas. Éstas son El luchador (Darren Aronofsky, 2008), Blue Jasmine (Woody Allen, 2013), A propósito de Llwyn Davis (hermanos Coen, 2013) y Birdman, o la inesperada virtud de la ignorancia (González Iñárritu, 2014). Va a ver spoilers de las mencionadas películas, así que no me responsabilizo de enfados por destripar sus argumentos. Quien avisa no es traidor.

El luchador: el crepúsculo de los dioses.

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¿Qué es peor, quedarse a las puertas del éxito, o vivir una existencia anodina tras vivir en el estrellato? La respuesta a esta pregunta es muy debatible, y está sujeta a múltiples arbitrariedades y factores. Pero para el personaje interpretado por Mickey Rourke la respuesta está bien clara: Randy “Ram” Robinson pasó de que cientos de personas coreasen su nombre entusiasmadas alrededor de un ring a cargar cajas en un supermercado. Pocos recuerdan sus azañas deportivas, y nuestro luchador paga ahora el precio de una carrera de excesos (esfuerzo físico, lesiones, esteroides) en forma de problemas graves de salud, incluyendo uno grave del corazón que podría finiquitar con los combates semiprofesionales en los que participa los fines de semana, amagos de unos tiempos mejores que ya quedaron atrás hace mucho.
Robinson, concienciado tras un ataque al corazón en medio de una exhibición de que no puede seguir así, trata de poner orden y decide retomar su relación con su hija. También se enamora de una bailarina de streapse, Cassidy. Pero sus planes se derrumban, y pese a sus problemas de salud decide participar en un último combate contra un viejo rival, el Ayatolá. La película termina con un Randy sufriente, bajo el calor de la multitud, saltando desde una esquina del cuadrilátero para embestir a su contrincante. El final nos deja con la duda de si el corazón de “Ram” resiste, pero de lo que no hay duda es que el la culminación de un tortuoso camino, en el que la antigua gloria fracasa en aceptar su situación, en adaptarse a las nuevas circunstancias de su vida y en que la nostalgia de un pasado dorado no le nuble el juicio.

Blue Jasmine, o el oro de los tontos.

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El bueno de Woody nos trae una deliciosa comedia sobre dos mundos, dos situaciones, y dos mujeres muy diferentes, con la sensación de derrota en su vida como común denominador: Brooklyn y Nueva York, clase media-baja y jet-set, Jasmine y Ginger.
Jasmine, aparentemente una mujer cosmopolita y sofisticada, se descubre como una persona superficial e inepta, que abandonó sus estudios universitarios (y de paso, su nombre) por un marido rico y una existencia de oropel. Pero su vida de yoga, fiestas y viajes finaliza bruscamente por las sucesivas infidelidades del esposo, y su ingreso en prisión con posterior suicidio de éste. Obligada entonces a renunciar al lujo, viaja a San Francisco para reencontrarse con su hermana adoptiva Ginger. Huelga decir que el contraste entre la vida en la ciudad que nunca duerme, y la vida en la ciudad de la Bahía pone a Jasmine al límite de su cordura, con episodios momentáneos hablando sola bajo la atónita mirada del transeúnte, rememorando buenos tiempos. Al igual que el personaje de la película anterior intenta recomponer su vida y volver a los estudios, pero prefiere tirarlo por la borda para engañarse a sí misma y a un potencial marido rico. Como se puede uno imaginar la cosa no acaba bien, y podemos suponer mientras vemos a Jasmine hablando sola y con lágrimas en los ojos, que al fin entendió que su vida no era de oro, sino de pirita; el oro de los tontos.
Ginger plantea otras cuestiones. No es una “perdedora” por su narcisismo o su falta de capacidades, sino por el gran complejo de inferioridad que guarda. Es una cajera de supermercado divorciada, con dos hijos a los que mantener, y que no cree que su vida pueda ir para mejor. Pero la influencia de Jasmine hace mella, y empieza una relación con un hombre acomodado (cosa que a su prometido Chili no le hace ninguna gracia). Lamentablemente, la historia no acaba bien, y descubre que sólo era una querida, una canita al aire. Decide volver entonces con Chili y reconciliarse, retomando su realidad cotidiana.
He aquí la culminación de la historia de fracasos de las dos mujeres; el de Jasmine, incapaz de adaptarse a la vida “vulgar”, y el de Ginger al no conseguir un cambio en su vida. La primera, con el rechazo de su última oportunidad de volver a algo parecido a su antigua vida aún candente, estalla de ira e indignación al ver a su hermana con Chili recién reconciliados. Una escena difícil, que sólo una actriz como Cate Blanchett podría llevar a buen puerto:
“¡Oh, pero será posible! ¿Es que acaso no tienes autoestima? Hay un montón de hombres en el mundo que nunca arrancarían el teléfono de la pared. (…) No, solamente estás con fracasados ¿vale? porque eso es lo que crees lo que mereces. Y por esa razón vives así, y por eso nunca tendrás una vida mejor.”
Aquí no hay ni uno, ni dos; prácticamente todos son unos fracasados en esta película. De una u otra manera retorcida.

A propósito de Llewyn Davis: el boulevard de los sueños rotos.

Inside Llewyn Davis: teaser trailer - video
Comparándola con otras obras de los hermanos Coen como Fargo, No es país para viejos o El Gran Lebowsky, es cierto que esta película recibe una categoría más secundaria en lo que a fama respecta dentro de su filmografía. Además, su carácter intimista y su propia naturaleza la unen irremediablemente al visionado sereno y calmado, rasgos que no son muy típicos en los films de estos directores, y que pueden echar atrás a los que no comulgan con este tipo de cine. No esperes persecuciones, disparos, crímenes o justicieros: es la epopeya del músico folk Llewyn Davis, que busca sin descanso ganarse la vida con su música en el gélido Nueva York de 1961. Sin un duro en la cartera, durmiendo en casas de amigos o conocidos, nuestro particular Odiseo trata de tocar por unas monedas en un club con el mismo ahínco que intenta encontrar al gato de sus anfitriones en la noche anterior. Ver al personaje de Oscar Isaac en el metro con la mirada triste, con su guitarra y el gato, mientras suena Fare Thee Well es una imagen enternecedora, y muestra la cruda vida del músico folk, en un ambiente hostil como ese Nueva York tan hermoso y gris que han creado Ethan y Joel.
Llewyn emprende un accidentado viaje a Chicago con un poeta beat y un músico de jazz, que termina cuando al primero le detienen y al segundo le da una sobredosis. El guitarrista prosigue solo hasta la Ciudad del Viento, donde busca al productor musical Bud Grossman con la esperanza (la última) de poder vivir de su guitarra. Pero no tiene suerte, y decide renunciar al folk para embarcarse en la marina mercante; la vuelta a una existencia anodina tras haber luchado hasta el último aliento por mantenerse a flote. En ocasiones, el destino es una veleta caprichosa.
De hecho, hacia el final de la película hay una curiosa escena; Llwyn toca por última vez en el club, y cuando abandona el edificio un aspirante está cantando. ¿De quién se trata? Pues del mismísimo Bob Dylan. Las musas son caprichosas, y tener talento no es la garantía de un camino fácil. Los que están en los escenarios, los que ganan millones de dólares, son sólo una pequeña élite de la inmensa cantidad de gente que se queda a las puertas del éxito.
Caradura, superviviente, bohemio… son muchos los adjetivos para describir este personaje, pero quizá el que más se acerque sea el de trágico. Es el símbolo por antonomasia de lo que pudo ser y no fue, de las promesas de grandeza marchitas, de todos los sueños rotos que la música ha inspirado. Un sentido homenaje a aquellos que trataban al mismo tiempo crear un arte y no morirse de hambre.

Birdman (o el inesperado defecto de la nostalgia).

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No es solamente un prodigioso ejercicio de fotografía, coordinación y montaje; no es solamente un éxito mundial, ganadora de cuatro Óscares y dos Globos de Oro; no solamente es una sátira mordaz al mundo del espectáculo, a la crítica especializada y sus métodos, al cine de blockbusters multimillonarios o al poder de las redes sociales; no, señores, Birdman es mucho más, es un lienzo donde se pinta un desalentador retrato de un hombre que intenta desesperadamente ser otro, liberarse de las cadenas que Hollywood y el público le colgaron en su momento para demostrarse a sí mismo y a los demás que él puede ser algo superior al producto decadente en que le han convertido.
Riggan Thomson es un actor de capa caída, con cierta fama por haber interpretado a un superhéroe llamado Birdman en una serie de películas palomiteras algún tiempo atrás. Con la intención de volver por la puerta grande, y demostrar de paso que sigue poseyendo talento, decide protagonizar una obra de Brodway adaptada de un cuento de Raymond Carver, que además escribe y dirige. La producción resulta ser un cúmulo de desgracias y contratiempos para el desafortunado Riggan, que abarcan desde accidentes de actores hasta actos de pura mala suerte (la escena de Keaton cruzando Times Square en calzoncillos para volver al teatro es tronchante y triste a la ves por lo patética que resulta). Para añadir más leña al fuego, tiene que lidiar con un nuevo actor, Mike, con el que inicia un insano duelo de egos, y su hija en rehabilitación Sam, paradigma del pasotismo.
Pero estos problemas queda empequeñecidos comparándolos con su más fiero enemigo: él mismo. Birdman es su álter ego, una molesta vocecilla (en este caso vozarrón) en su cabeza que le reprocha el haber abandonado su anteriormente exitosa carrera, y rememora constantemente los defectos de su actual vida. Riggan no puede librarse de él porque forma parte de su ser, de su vida, y puede que en el fondo hasta esté de acuerdo con él. No obstante, quiere deshacerse de tal molesto consejero, y el éxito de la obra es igualmente el éxito de su punto de vista de cómo ha conducido su vida profesional. Es la lucha constante entre el arte y el espectáculo, Riggan y Birdman.
Hacia el final de la película entramos en el campo de la especulación y la teoría, ya que Iñárritu decidió hacerlo tan ambigüo como el movimiento de la peonza de Origen. Simplemente resumamos en que Thomson intenta suicidarse en la noche del estreno de su obra, no tiene éxito, y despierta en el hospital. Allí su ex y su productor le comunican que su acto ha sido interpretado como una epifanía del teatro extremo, el hiperrealismo llevado a la décima potencia, poniéndolo de nuevo en el punto de mira del público. Ha conseguido el éxito profesional, pero ni se ha librado de Birdman (de hecho se parece más a él, al desfigurarse su rostro), ni se ha sacado de encima un sambenito público hacia su persona, ya que pasa de ser “el tipo que interpretó a Birdman” a “el tipo que se pegó un tiro en el teatro”. Dejo a elección del lector si se suicidó de nuevo tirándose por la ventana, o si estaba alucinando, o si todo era una conspiración masónica. Lo importante es que Riggan era un esclavo de su nostalgia y de su ego, y ni siquiera disparándose puede acabar con semejante dictadura. Un desgraciado, con todas las letras.
Hay un último detalle que podemos sacar a la luz, un rasgo que además comparte con la primera de la lista, El Luchador: los personajes fracasados son una representación de los actores que los interpretaron. Esto es más evidente en Birdman, ya que Michael Keaton interpretó en los ochenta a un famoso superhéroe, Batman, para después pasar desapercibido la mayor parte de las décadas siguientes. Rourke también tuvo una carrera desigual, marcada por los arrestos y las lesiones de boxeo que le acabaron desfigurando el rostro. Ambos papeles contienen un fuerte elemento autobiográfico, y permitieron la “resurrección” en la primera división de la actuación a estos actores.
Finaliza aquí este breve compendio de miserias. Me he dejado algunas en la recámara, como la reciente Map to the Stars (David Cronenberg, 2014), o el clásico ¿Qué fue de Baby Jane? (Robert Aldrich, 1962). Pero no quisiera rematar el artículo sin rememorar una cita del escritor Oscar Wilde que viene como anillo al dedo:

“En este mundo sólo hay dos tragedias. Una es no conseguir lo que se desea; la otra, el conseguirlo. Esta última es la peor, es una verdadera tragedia.”

Tres teorías respecto al final de Birdman:
http://www.cinepremiere.com.mx/41235-3-significados-del-final-de-birdman.html

Fichas de las películas (Imdb, FilmAffinity y Rotten Tomatoes):
El Luchador
http://www.imdb.com/title/tt1125849/
http://www.filmaffinity.com/es/film545673.html
http://www.rottentomatoes.com/m/the_wrestler/
Blue Jasmine
http://www.imdb.com/title/tt2334873/?ref_=fn_al_tt_1
http://www.filmaffinity.com/es/film153594.html
http://www.rottentomatoes.com/m/blue_jasmine/?search=blue%20jasm
A propósito de Llewyn Davis
http://www.imdb.com/title/tt2042568/?ref_=nv_sr_2
http://www.filmaffinity.com/es/film634998.html
http://www.rottentomatoes.com/m/inside_llewyn_davis_2013/?search=inside%20ll
Birdman (o la inesperada virtud de la ignorancia)
http://www.imdb.com/title/tt2562232/?ref_=nv_sr_1
http://www.filmaffinity.com/es/film670216.html
http://www.rottentomatoes.com/m/birdman_2014/?search=bird