Desmitificar la Historia, y otras empresas quijotescas

«…me veo en el deber de referir lo que se me cuenta, pero no a creérmelo todo a rajatabla; Esta afirmación es aplicable a la totalidad de mi obra».

         Herodoto

“La historia se compone más o menos de tonterías”.

Henry Ford

¿Es verosímil determinado hecho histórico? ¿Los son también las pruebas documentales y arqueológicas relacionadas con dicho acontecimiento? ¿Qué visión del mismo repercutirá en la gente una vez expuestas las conclusiones? ¿Será extensa la distancia que separe a la conclusión científica de la idea en el imaginario colectivo?

Chumy Chumez, 1968.

Chumy Chumez, 1968.

Todas estas preguntas deberían hacérsela todos los historiadores, o los aspirantes a dedicarse a ello algún día. Porque desde su nacimiento en la Grecia del 430 a.C. hasta su transformación en una ciencia sujeta a la racionalidad y al análisis crítico, la Historia ha sido víctima de un lamentable mal, que siempre le ha acompañado y probablemente nunca deje de hacerlo: el mito histórico.

La manipulación con fines político-ideológicos, las falacias envenenadas y las ambigüedades son los culpables del florecimiento de estos mitos, que se filtran al gran público (ajeno mayoritariamente a los pormenores de la historiografía), manteniéndose perennes en la mentalidad colectiva, manteniéndose de generación en generación, saecula saeculorum.

Una víctima bastante común del “mito histórico” es el mundo grecolatino, ya que los artistas e intelectuales medievales primero, modernos después, elaboraron un mundo ideal e imaginario, basado en despojos de esas antiguas civilizaciones que el tiempo o los saqueadores habían dejado pervivir; una Grecia civilizada coronada por la brillante Atenas, tanto por la nítida claridad del mármol como por sus sabios, inventores de la democracia y padres de la filosofía; y la eterna Roma, con su república de ciudadanos formados y responsables del funcionamiento de sus instituciones, o su imperio extenso en kilómetros, duración y gloria.

¿Precioso, verdad? Pues la realidad no es tan color de rosa (o marmórea, en este caso). Para empezar, hemos sobrevalorado demasiado el tándem grecolatino-cristiano en la formación del Occidente, e infravalorado a otras muchas culturas como el Islam, el pueblo hebreo o el mundo celta, a los que parece costarnos reconocerles su influencia e importancia. Por ejemplo, de no ser por los intelectuales del mundo musulmán, probablemente habríamos perdido gran parte de la filosofía de nuestros amados griegos. O comparen la Torah con la Biblia, a ver cuántas enseñanzas morales y folklore del cristianismo son de origen hebraico. Y si ya nos ponemos a discutir sobre el impacto a nivel cultural, tecnológico, gastronómico o comercial con las civilizaciones precolombinas, China y el Indostán, tendremos debate para rato.

Acrópolis (forma definitiva hacia el siglo V a.C.). Atenas, Grecia.

Acrópolis (forma definitiva hacia el siglo V a.C.). Atenas, Grecia.

Vamos a seguir con esta quema de brujas. Nuestros “padres” tan idealizados con el paso de los siglos resultan bastante imperfectos a la lupa del historiador. Grecia, sin ir más lejos; ¿inventó la filosofía? Al menos en Europa sí. ¿Desarrollaron la democracia? Bueno… también, pero éste era un modelo en el que las mujeres, los extranjeros, los niños y los esclavos no tenían nada que decir. O quizá sí, pero jamás se les dejaba expresarlo.

Los que ven el mundo antiguo como una película de Disney se les olvida que el griego era un pueblo racista, que permitían la pederastia, que trataba a la mujer como un mueble, y que jamás estuvieron unificados en una Hélade feliz y estable, sino disgregados en tropecientas ciudades-estado que cuando no estaban guerreando entre sí se entretenían en conspirar para guerrear más adelante. Basta con echar un vistazo a las crónicas de las Guerras Médicas y de la Guerra del Peloponeso para darse cuenta de esta convulsa historia.

Basta de griegos por hoy. Dirijámonos a Roma, la civilización del mundo antiguo de la que bebemos directamente todos los habitantes de la Europa Occidental. Esta circunstancia resulta irónica, ya que es sorprendente lo mucho que se ha manipulado cuando hablamos de los romanos: que si el pulgar abajo para condenar a muerte, que si hubo cruentas matanzas de cristianos, que si los leones del Coliseo, que si Nerón quemó tal cosa… cuantísimo daño ha hecho Hollywood, dios mío.

De los mitos que han prevalecido, es el de dar a entender la supuesta pulcritud y corrección de  los valores romanos. Pero a los romanos les gustaba comer y beber (los que podían, claro), vivían su sexualidad sin tapujos, la corrupción lacraba sus instituciones, y gustaban de toda clase de espectáculos de masas. ¿Tan ajenos son a nosotros? ¿Su imagen de pueblo sobrio no resulta algo absurda y fuera de lugar? No eran dioses ni seres superiores, simplemente eran humanos. En el fondo, si queremos ver a un romano, no sería muy diferente a nuestro propio reflejo. Obviamente hay que establecer una serie de diferencias entre la plebe y la aristocracia, pero ninguno de los dos se corresponde a esa idea mitificada que se nació en tiempos medievales-modernos, y que se acrecentó con el lento pasar de los siglos.

Las rosas de Heliogábalo (Alma-Tadema, 1888). Colección privada.

Las rosas de Heliogábalo (Alma-Tadema, 1888). Colección privada.

Ah, y a propósito de la tan venerada república, esa que era territorio de una minoría de grandes familias de oligarcas, que manipulaban al populacho para sus propios fines mediante banquetes, espectáculos o unas termas nuevas. Cualquier parecido con la actualidad es pura coincidencia, yo sólo soy el callado escribano…

He puesto como ejemplos Grecia y Roma, pero hay cientos de hechos falsos o inflados que podríamos haber analizado; el Medievo como una época oscura y sumergida; la imaginaria victoria cristiana en Calatañazor; la responsabilidad única de Alemania en el estallido de la I Guerra Mundial; o el peso de la liberación de Europa cargado por los sufridos yanquis. ¿Quién ha dicho que el trabajo de historiador era aburrido, con tantas exageraciones divertidas pululando por ahí?

Pero como reflexión final de este artículo, me gustaría mirar las cosas desde otro prisma, e intentar aportar algo más a este intento de formular un debate alrededor de los mitos y su impacto en el estudio de la historia. Y con sorpresa he de admitir que puede que éstos sean un mal necesario.

“¿Cómo? ¿Pero no decías que los mitos y las falacias son malas?”. Por supuesto, no voy a negar mis palabras. Sólo quiero preguntarme cuántos de nosotros nos decidimos por esta asignatura tras leer incontables veces las hazañas, reales o inventadas, de pueblos más allá del tiempo y la memoria, tras contemplar con ojos maravillados una carrera de cuadrigas, o un sarcófago plagado de misteriosos símbolos jeroglíficos. Porque no todo en este mundo es blanco o negro, sino una escala de grises, y lo que era tan atroz puede que no sea para tanto. Juzguen ustedes mismos.

PD: Quien tenga interés por la metodología histórica, recomiendo la obra de Cardoso, Ciro F. S. y Pérez Brignoli, H. Los métodos de la historia: Introducción a los problemas, métodos y técnicas de la historia demográfica, económica y social. Editorial Crítica, Madrid, 1979.