Chaplin y la caricatura como arma

 Un humilde barbero judío tiene un parecido asombroso con el dictador de Tomania, un tirano que culpa a los judíos de la crítica situación que atraviesa el país. Un día, sus propios guardias lo confunden con el barbero y lo llevan a un campo de concentración. Al mismo tiempo, al pobre barbero lo confunden con el tirano.

 En Octubre de 1940 ya hacía un año que Gran Bretaña y Francia estaban en guerra  con Alemania, pero los EE.UU continuaban con su política de aislacionismo y todavía se mantenían al margen de la Segunda Guerra Mundial. Ni siquiera en Hollywood se atrevían a tomar partido: sólo la Warner había estrenado Confessions of a Nazi spy (Anatole Litvak, 1939), que provocó un aluvión de críticas a la productora; El gran dictador fue la primera película de gran éxito en tomar una posición clara en el conflicto.

 En 1937, Alexander Korda le comentó a Chaplin el parecido físico de Charlot con  Adolf Hitler y le propuso el reto de interpretar a los dos en una misma película. Un año después de esto, Chaplin decidió poner el proyecto en marcha. Fue entonces cuando Gran Bretaña le recordó (Chaplin era británico) que no podía criticar a un aliado,  aún faltaba un año para que se diera el comienzo de la Segunda Guerra Mundial. Por otro lado, el llamado Código Hays en Estados Unidos le avisaba de los muchos problemas que podría tener con la censura, sobre todo teniendo en cuenta que muchas figuras importantes de Hollywood no respetaban a Chaplin por ser manifiestamente de izquierdas. A pesar de todos estos baches que se presentaban en su camino, él quiso seguir adelante convencido de que  “nos teníamos que reír de Hitler”.

 Si la idea de Chaplin era reírse de Hitler, El gran dictador logró ese objetivo con creces. Aprovechó por el camino para burlarse de Mussolini y de dos de los jerarcas nazis más próximos a Hitler: los ministros Goebbels y Goering. Es un dato interesante saber que la doble cruz que se utiliza en la película para sustituir a la esvástica significa en inglés traición. Además, Chaplin hace una fuerte crítica al antisemitismo de los nacionalsocialistas a lo largo de la película, aunque años después él mismo declaró que, de haber conocido las atrocidades cometidas contra los judíos, no se habría atrevido a hacer la película. Sin embargo, con tan sólo intuirlas realizó una obra maestra que hizo cambiar la visión existente sobre Hitler o Mussolini. El gran dictador se convirtió en el film más taquillero de la carrera de Charles Chaplin; en España, estuvo prohibido hasta después de la muerte de Franco. No es mi intención desvelar en este artículo alguna escena de la película que sea especialmente crítica contra el antisemitismo y el fascismo , pero no puedo terminar el texto sin hacer mención del discurso final de Chaplin que dura casi cinco minutos, en este momento y sin previo aviso el barbero judío no se transforma en Charlot, sino en el propio Chaplin , dirigiéndose a  las masas y mirando a los espectadores de todo el mundo , advirtiéndoles de que son víctimas de un sistema que los oprime y los tortura, condenándolos a la eterna esclavitud tan sólo para que unas pocas personas ambiciosas y sin escrúpulos puedan continuar cumpliendo sus deseos de riqueza y poder. Chaplin ensalza la libertad por encima de todo y trata de levantar al pueblo contra sus opresores , que no los ven como humanos sino como máquinas a su disposición. Y es aquí cuando uno se da cuenta de que el mensaje de Chaplin todavía tiene (lamentablemente) vigencia a día de hoy.